Un hombre silencioso

 

Por Martín Muñoz Kaiser

 

―Estábamos a punto de conquistar otros mundos, estábamos al borde de producir energía limpia, comida abundante y abolir el trabajo. La utopía estaba al alcance de nuestras manos. Pensamos que nos destruiría un meteorito, como a los dinosaurios. Creímos que el calentamiento global inundaría el planeta. Nos azotó una pandemia que llevó la economía mundial al colapso y aun así sobrevivimos y volvimos a empezar.

Contaba el abuelo avivando el fuego. El viejo tenía cuarenta.

Cuando papá salía de las murallas, él se encargaba de nosotros y nos contaba historias sobre el mundo que alcanzó a presenciar, un mundo que ya no existe.

―¿Qué es una economía?

―Cuando tu papá trae trozos de metal, o artefactos útiles desde las tierras insanas, y las intercambia con los granjeros por huevos o ropa. Eso es una economía. Antes no intercambiábamos objetos, usábamos papel.

―¿Cómo el de los libros viejos que te trae papá? ―preguntaba yo, con los ojos bien abiertos, ávido de conocimiento.

Hoy, nueve años más tarde, celebramos su despedida. Fue una suerte que falleciera de viejo y no fuese alguien de nuestra familia quien decapitase el cadáver. Cuando alguno moría de forma repentina, había que cortarles la cabeza de inmediato. Con lo que uno tuviese a mano. Todos, de manera invariable, se convertían al morir. El abuelo decía que era la maldición del dios de la locura, que casi extermina nuestra raza. Una maldición que cambió la naturaleza de lo posible, y que recién comenzamos a entender. Es por eso que vivimos en ciudades amuralladas.

Luego de quemar la cabeza y llevar el cuerpo a la compostera, mi hermano, madre y yo volvimos a casa y nos sentamos junto al fogón. Recordamos la vida del anciano. Reímos, lloramos, repasamos sus historias favoritas.

Hasta que llegó padre.

―Mañana te conviertes en adulto ―dijo, colocando una espada envainada sobre la mesa. Veremos si tienes pasta de explorador.

―Es muy joven todavía ―replicó madre, golpeando con el muñón izquierdo la mesa. Padre no quitó la vista de mis ojos.

Asentí con una sonrisa. Hacía mucho que esperaba este momento. Padre había mandado a forjar un mandoble con acero que venía recolectando desde hace tiempo. Lo había visto guardando trozos del precioso metal durante años, lo escondía en un baúl bajo las tablas del piso de nuestra cabaña. Nunca pregunté. Imaginaba que eran ahorros destinados a su vejez, para cuando ya no pudiese salir a explorar. O en caso de que muriese allá afuera, para que nosotros tuviésemos con qué sobrevivir. Cada familia posee una chacra y eso nos permitiría subsistir, pero comprar un pollo o pagarle a un dentista para que te saque una muela picada, son lujos difíciles de obtener.

―Mañana saldremos temprano, iremos en busca de una jauría que, al parecer ―agregó preocupado―, quiere establecerse en las montañas para pasar el invierno. Tendrás la oportunidad de ganarte un nombre y una reputación. Prepara tu equipo y trata de descansar ―dijo y miró la espada―. Es para ti.

Me levanté de la mesa y asentí. Padre posó su enorme y callosa mano sobre mi hombro y apretó. Tomé el arma y me dirigí al taller. Cuando tuve el macuto y el equipo listos, comencé a afilar las hachas de mano.

Padre pertenecía a un grupo pequeño de rastreadores, con su edad y experiencia ya no era conveniente exponerlo a los mordedores, se encargaba de rastrear fuentes de metal, vidrio, abono, aceite u otros artefactos valiosos. En aquella época del año el gremio enviaba al grueso de los exploradores al sur, en donde se encontraban las ruinas de las ciudades más grandes, en cuyas calles y edificios aún pululaban manadas de no muertos. En preparación para el invierno que se avecinaba, había que reunir una buena cantidad de recursos para que el asentamiento estuviese abastecido.

La nieve aún no caía sobre la Cordillera de la Costa, que precedía al macizo de los Andes, que muchos pensaban, nos habían protegido de los monstruos más terribles que ahora asolaban las tierras insanas.

Caminamos tres días antes de detenernos en el primer pukará, un cono hecho de piedras lajas que exploradores o rastreadores usaban como postas durante las incursiones. Estábamos cerca de la zona en que padre había detectado mierda de hombre lobo. Así que no permitió que encendiésemos fuego. Su mayor temor era que fuese una manada proveniente de la pampa trasandina, que pretendiese ocupar nuestro asentamiento como alacena durante la próxima temporada.

 Compartimos charqui de guanaco y tortillas de piñón. Tralkan y Aylén se durmieron como troncos después de comer. Padre guardó silencio, ambos afilamos las puntas de nuestras lanzas. No trajimos arcos, ya que las flechas eran inútiles contra los peludos, y a los mordedores tampoco los detienen. Pudimos escuchar los aullidos, no estaban lejos, parecían comunicarse entre sí, avanzar, moverse en el bosque y volver a aullar. La tranquilidad de padre me hacía sentir seguro. Mi armadura no era tan resistente como la suya o la de nuestros compañeros, pero debería bastar para esta ocasión.

―Son cinco ―murmuró padre―. Uno de ellos es un cachorro, le están enseñando a cazar. Espero que ganes tu piel en esta campeada ―dijo. Yo asentí.

El sol apenas dejaba ver sus dedos amarillos tras las montañas cuando comenzó la marcha. Las aves cantaban en intervalos regulares. Padre lideraba el grupo, avanzamos por un bosque de coigües y araucarias, los cuatro guardábamos sacro silencio, padre hacía gestos con las manos, indicando una rama quebrada, una huella en medio de las hojas caídas, pelo en la corteza de algún raulí, un hongo aplastado. Pronto escuchamos el sonido del río.

―Kalkurenu ―susurró Aylén.

Padre levantó el puño y con el índice extendido movió el antebrazo en círculos.

―Están en la caverna de los brujos ―dijo―. ¿Ves el pasto revuelto? ―Asentí―. Ayer cazaron un huemul, deben estar durmiendo. ―Apreté el asta de mi lanza, sentí un revoltijo en el estómago―. Aylén y Tralkan van a cruzar el río para asegurarse de que no haya ninguno haciendo guardia en la parte alta de la cascada ―continuó―. Tú y yo avanzaremos por el río y entraremos.

Hice el rostro a un lado y vomité. Padre me enderezó de una bofetada. Me limpié la boca con el dorso de la mano y caminé tras él.

El agua estaba fría, las piedras resbalosas. El sonido de la cascada se hacía cada vez más intenso. Apreté los dientes y puse la lanza en ristre. La cortina de agua reflejaba el verde y el marrón que nos rodeaba. Estábamos apenas a un par de metros de la entrada. El disco solar estaba sobre nuestras cabezas, faltaba poco para el mediodía. Sobre la caída de agua aparecieron nuestros compañeros. Le hicieron una seña a padre, quien asintió y me indicó que debíamos avanzar. No alcanzó a dar el primer paso cuando el agua frente a nosotros se oscureció. Padre levantó su venablo y apuntó a la garganta de la masa de pelo negra, cuyas fauces se abrieron al tiempo que rompía el flujo del río, mostrando una infinidad de colmillos amarillos y afilados.

Padre resbaló. Alcanzó a desviar al hombre lobo, pero no a matarlo. Intentaba ponerse de pie cuando un segundo monstruo se le vino encima. Mi estómago se endureció de pronto y hundí mi lanza en su pecho antes de que pudiese destrozar a padre, quien aún tenía las rodillas y un brazo en la corriente. El primer peludo se revolvió y lanzó un tarascón a padre. El que yo había atravesado aún manoteaba y el peso amenazaba con hacerme caer hacia atrás. Mi lanza había penetrado muy profundo y en aquel terreno traicionero no lograba balancear el peso para liberarla. Una tercera pica cayó desde lo alto y atravesó el cuello del primero, salvando la extremidad de padre, quien logró ponerse en pie y desenfundar el hacha y el sable, con los cuales decapitó al que yo tenía ensartado, permitiéndome girar la cintura y deshacerme del cadáver.

Las aguas se tiñeron de rojo.

No alcancé a levantar la sarisa. Dos bestias más se abalanzaron sobre nosotros, ambas al mismo tiempo. Di un paso hacia adelante y flecté las rodillas, mi hombro impactó el bajo vientre de la bestia y estiré las piernas para levantar las caderas del animal y obligarlo a caer de bruces. Giré y con las dos manos aferradas al asta de mi arma, me abalancé con todo el peso del cuerpo sobre mi atacante. La punta se hundió entre el cuello y el comienzo del esternón, tan profundo que cuando el cuerpo de la bestia rebotó y fue arrastrado por la corriente, se llevó consigo la lanza.

Cuando volteé, padre ya había desmembrado a su hombre lobo y con el sable lo destazaba. Los intestinos cayeron al río. La fetidez de la carne en descomposición me golpeó la nariz. Contuve una arcada y vi pasar el cuerpo del monstruo por mi lado. Padre no dejó de mirar al frente, hacia la cortina de agua que tapaba la entrada a la cueva. Empuñé el mandoble y lo puse en ristre antes de colocarme a su lado.

Estaba a punto de dar un paso hacia adelante, cuando padre me detuvo con la hoja curva y puntiaguda manchada de sangre. Por el rabillo del ojo vi que Tralkan avanzaba corriente abajo para recuperar el precioso acero de las puntas de los venablos perdidos. Cuando Aylén se puso a mi lado, lanza en mano, padre hizo un gesto.

Los tres cruzamos la cascada de un salto, entre las penumbras apenas se distinguían las formas de la roca volcánica. Escuchamos un quejido y un roer de huesos. Aroma a humedad y almizcle, hedor de bestia. Nuestra compañera se adelantó y tomó el centro, padre y yo le cubrimos los flancos. Caminamos sin hacer ruido. Hasta que lo vimos.

Tenía la envergadura de un perro, de pie tiene que haber sido como mi hermano de alto. Aylén no dudó en ejecutarlo. Padre encendió una antorcha corta, hecha de tela embadurnada en grasa de ñandú, que llevaba amarrada al macuto. La flama chisporroteó y un globo anaranjado se expandió desde la punta del palo. Teníamos quince minutos de luz. Aylén y padre movieron el cuerpo del cachorro, examinaron los huesos y el excremento. Cuando la mujer se llevó la yema de los dedos embarradas de caca a la nariz abrió grande los ojos. Padre pareció entender, porque dio media vuelta.

 ―¡Mordedores! ―gritó Tralkan desde afuera―. ¡Mordedores! ―insistió.

Padre y Aylén empuñaban sus armas y ya corrían fuera de la galería. No me quedó más remedio que seguirlos.

¿Mordedores? ¿Tan lejos de las ciudades? En los bosques no se juntan grupos grandes, pensé en ese momento, antes de cruzar la cortina de agua. No sabía cuán equivocado estaba.

Tralkan se debatía a dos lanzas. Daba patadas y giraba sobre una roca cubierta de musgo, con una agilidad sorprendente para un hombre tan bajo, ancho y musculoso. Los mordedores se le abalanzaban como un enjambre, uno tras otro, lanzándose al agua desde arriba, saliendo desde ambas riberas. El hedor era insoportable. Padre y Aylén no se dijeron una palabra. Ambos se precipitaron a la refriega como trombas humanas, cada uno por un lado. El hacha y el sable de padre subían y bajaban, dibujaban ochos y medias lunas en el aire, obliterando, descabezando, mancando, aplastando, desnucando. Los cadáveres andantes caían como moscas, los cuerpos pútridos se movían con torpeza, algunos apenas tenían carne sobre los huesos, pero aun así estiraban las enjutas falanges y los largos dientes en pos de la tibia carne humana que chapoteaba y los repelía despedazándolos en una danza desesperada.

Fui tras ellos y cubrí la retaguardia, padre me había entrenado en el uso de la espada larga, el filo era tal que sin esfuerzo cortaba piel, músculo y huesos.

―¡Es una estampida! ―gritó Tralkan, saltando de la piedra al río. Tropezó cuando cayó, pero Aylén lo levantó con un brazo, mientras mantenía el perímetro con la sarisa.

―Fuera del agua ―rugió padre―. Hay que salir de su camino ―agregó mirándome a mí.

Yo retrocedía dando tajos de lado a lado, tratando de que cada movimiento se convirtiese en una pierna menos o una cabeza en la corriente. Mi olfato ya se había acostumbrado a la podredumbre. La horda seguía avanzando, caían cadáveres desde lo alto de la colina y se volvían a levantar. Los muertos vivientes variaban en su estado de putrefacción; los había frescos, hinchados y rodeados de moscas, otros con la piel cubierta de llagas supurantes, otros resecos, algunos eran simple piel sobre esqueletos, completos o mutilados, con horribles heridas de las cuales colgaban pedazos de carne masticada o llena de gusanos y la sangre seca pegada a los jirones de ropa que alguna vez vistieron. Pude distinguir guerreros aónikenk, caballeros de La Plata que llevaban cotas de malla oxidadas, granjeros, niños, madres…

Nos pusimos espalda con espalda y formamos un círculo defensivo para atravesar el flujo de mordedores y alejarnos de la estampida. Cada vez que daba un paso hacia adelante, padre me hacía volver a la formación con la hoja curva, con un golpecito controlado o colocándola delante de mí un segundo antes de descargar una ráfaga de tajos que nos abría el camino.

Llegamos al vado y avanzamos hacia tierra firme, donde era más fácil luchar. Quedaban un par de metros para superar la ribera arenosa y entrar al bosque, donde podríamos esquivarlos y huir.

―¿Por qué no nos metimos a la cueva a esperar que pasen? ―pregunté en medio de jadeos y sudor. Mis brazos y hombros ardían por el ejercicio prolongado―. Nos van a rodear.

―Van hacia el asentamiento ―respondió padre, haciendo saltar los sesos de un mordedor con golpe certero de hacha.

En ese momento lo entendí. Padre me había explicado que las hordas no planificaban, solo seguían un instinto sanguinario, su hambre eterna e insaciable. Seguirían la quebrada, que daba un rodeo tras el monte Manke por el lado sur y desembocaba directo en nuestra ciudad, construida a ambos costados del río. Al paso que avanzaban, demorarían tres días en estrellarse con las murallas. El problema era que no había suficiente gente para defender las almenas. Si los sorprendían desprevenidos, por más que tuviésemos dos fosos, nuestras familias corrían el peligro de ser superadas y devoradas. Si lográbamos escapar del flujo de la estampida y cruzar la loma que teníamos en frente, podríamos bajar directo, a campo traviesa, por el lado norte del monte y llegar en dos días, dándole a los nuestros algo de tiempo para prepararse y guarecerse. Un plan que padre, Aylén y Tralkan habían trazado y decidido sin siquiera decirse una palabra.

En ese momento, Tralkan debió abrirse para proteger el flanco de padre, quien enfrentaba a los no muertos que venían bajando desde el oriente. Nos quedaban pocas horas de luz. Debíamos salir rápido si no queríamos estar en completa desventaja. Era de conocimiento común que los mordedores no se guiaban por la vista, los que aún poseían ojos los tenían cubiertos por una capa lechosa que comenzaba a criar larvas de moscas a las pocas semanas.

Poco a poco nos fueron rodeando, teníamos rumas de cadáveres a nuestros pies, sentía la camiseta empapada bajo el peto, trataba de que mis movimientos fuesen lo más precisos posibles, pero la torpeza que viene con el cansancio —la punzada en el hígado por la fatiga, los calambres— me hacía fallar las marcas. Padre a mi derecha o Aylén a mi izquierda terminaban finiquitando a los que se me escapaban, lo que abrió un poco más la retaguardia de nuestra formación, en donde la presión de los enemigos era menor. Hasta ese momento.

Un mordedor hundió los dientes en el cuello de Tralkan, otros tres lo agarraron de las piernas y lo llevaron al suelo de espaldas, el guerrero soltó las lanzas y trató de liberar el par de hachas que llevaba en la cintura, pero al menos diez cadáveres vivientes ya estaban sobre él, le sacaron el yelmo y volvieron a morder.

Aylén se lanzó sobre los putrefactos intentando salvarlo. El rostro desfigurado, dientes apretados, con nuevos bríos. Se deshizo de al menos tres en el primer embate, pero estaban arrastrando a su hombre, lo que la dejó aislada, luchando contra una masa de manos y fauces hambrientas que la aprisionaron, la redujeron y comenzaron a devorarla. Vi saltar la sangre, le sacaban los intestinos y los masticaban afanosos, se los peleaban entre ellos, gruñían y se empujaban.

Padre miró de reojo, pero no podía retroceder, yo cerré filas con él para evitar que nos pasara lo mismo. El festín que se estaban dando con nuestros compañeros distrajo a la horda. Padre me agarró del brazo y corrió hacia el bosque. Entre los árboles aparecía otro grupo de muertos vivientes atraídos por la carne fresca.

―Te abriré paso ―dijo sin que le temblase la voz―. Corre sin mirar atrás, sin detenerte hasta que llegues a casa ―ordenó, intentando controlar su agitada respiración―.  Dile a tu hermano que lo amo. A tu madre que tenía razón, que siempre la tiene ―concluyó y se lanzó hacia adelante.

En pocos segundos padre se vio rodeado, lo cual me abrió un pasaje entre la marea de cadáveres que no paraba de manar desde la cordillera.

Corrí hasta que mis pies y mis pulmones ardieron, no pude contener la necesidad de respirar por la boca, el sol cayó en el poniente y salieron las estrellas y seguí corriendo cerro arriba, no me detuve a mirar el paisaje que se abría ante mí, el valle, el mar reflejando la luz de la luna. Me precipité hacia abajo, tropecé y rodé y me volví a levantar, ignorando el dolor en el tobillo y en el hombro. No podía detenerme, no debía detenerme. Volví a entrar en una zona boscosa, apartaba, cortaba o doblaba las ramas de los arbustos con la espada, la oscuridad se fue haciendo más espesa y la pendiente de la loma me llevó como un espíritu cerro abajo.

Dolor.

Negrura.

Silencio.

Inconciencia.

El sol estaba alto en el cielo, la luz se colaba entre las ramas, que se movían al compás del viento suave que movía cadencioso un grupo de nubes cargadas de agua; distinguí el disco blanco, como un ojo ciego y maligno mirándome desde lo más profundo del cosmos. Miedo. Terror. Dolor. Me levanté de un salto. La cabeza me daba vueltas, el cuerpo punzaba, los músculos no querían reaccionar. Quise gritar. Recordé a padre y apreté los dientes. Guardé esas emociones y las llevé a mis extremidades. Volví a correr, sin detenerme, sin mirar atrás. Ignorando el hambre, la sed y la fatiga.

Desde el asentamiento se elevaban sendas columnas de humo. Una parte de la empalizada había cedido, las fosas estaban llenas de cadáveres que movían los brazos y mordían al aire, como si les dieran ánimos a sus compañeros, que pasaban sobre ellos como un aluvión de carne podrida. De locura antropófaga.

Caí de rodillas en mitad de la última loma que debía superar para llegar al valle, que se extendía ante mí con la cosecha a medio recoger.

Había fallado.

Con la vista aún nublada por las lágrimas, sintiendo el cuerpo molido, escuché un aleteo cruzar por sobre mi cabeza. Luego otro más. Por un momento las alas membranosas oscurecieron el cielo. Las cabezas, con alas en vez de orejas rieron al pasar, dirigiéndose hacia la gente que hasta ese momento había constituido mi mundo. A quienes padre y yo debíamos proteger. Personas a las cuales nunca pude entregarles el último mensaje de un hombre silencioso.

Martin Muñoz Kaiser – Escritor chileno, vive en Valparaíso.

Ha publicado hasta la fecha: “El Martillo de Pillan” 2012, “WBK” 2013, “Evento Z” 2014, “El Sátiro” 2015, “Kimera” 2016, “Epunamün” 2017, “Los Jinetes de Milodón” 2017, “Valparaíso Zombi” 2018, “Chile Zombi” 2018, “Cuentos con Bigotes” 2019, “La Mujer Escarlata” 2020, “Belerofonte” 2021 y “Lai Antü” 2022, “EL gallo con botas” 2023. Ha participado en diversas revistas y compilaciones de cuentos nacionales e internacionales, entre ellas: “Vicios”, “Quiero la cabeza de Sir Arthur Conan Doyle”, “El Foso”, “Quiero la cabeza de Bram Stoker”, “Poliedro Seis”, “Around the world in 80 stories” etc. Es antologador y/o editor de las colecciones de cuentos: “Cuentos chilenos Cyberpunk”, “Zombis chilenos”, “Matapiojos” y “Salvoconducto” entre otras. Es editor de más de 180 títulos, entre ellos “Conan, la edad de Hiboria”, primera traducción de chilena de los cuentos de Robert Howard, libro ganador de una mención honrosa a mejor traducción en los premios Ibby 2022. Sus textos han sido traducidos al italiano, inglés y alemán. El 2014 fue parte de la comisión de escritores chilenos en la FIL Guadalajara. El 2019 obtiene el 2do y el 3er lugar en el North Texas Book Festival Award con sus Novelas Epunamün y Los Jinetes de Milodón y con esta última el primer lugar en el International Latino Book Award en la categoría Best Cover Ilustration. El 2022 obtiene una mención honrosa por su cuento “Venganza” en el 1er concurso “Premio fomento literario Óscar Castro Zúñiga” organizado por la municipalidad de Rancagua, una mención honrosa en los premios ILBA 2022 por “Belerofonte” y por “Cuentos chilenos Cyberpunk” y un primer lugar en la categoría Mejor Diseño Interior por “El cadáver de la realidad”, del autor Carlos Reyes, en el mismo certamen. El 2022 funda Mantícora Ediciones, proyecto editorial que tiene como objetivo central no solo popularizar, sino también elevar la calidad y percepción del género fantástico escrito en Chile.

Un hombre silencioso

 

Por Martín Muñoz Kaiser

 

―Estábamos a punto de conquistar otros mundos, estábamos al borde de producir energía limpia, comida abundante y abolir el trabajo. La utopía estaba al alcance de nuestras manos. Pensamos que nos destruiría un meteorito, como a los dinosaurios. Creímos que el calentamiento global inundaría el planeta. Nos azotó una pandemia que llevó la economía mundial al colapso y aun así sobrevivimos y volvimos a empezar.

Contaba el abuelo avivando el fuego. El viejo tenía cuarenta.

Cuando papá salía de las murallas, él se encargaba de nosotros y nos contaba historias sobre el mundo que alcanzó a presenciar, un mundo que ya no existe.

―¿Qué es una economía?

―Cuando tu papá trae trozos de metal, o artefactos útiles desde las tierras insanas, y las intercambia con los granjeros por huevos o ropa. Eso es una economía. Antes no intercambiábamos objetos, usábamos papel.

―¿Cómo el de los libros viejos que te trae papá? ―preguntaba yo, con los ojos bien abiertos, ávido de conocimiento.

Hoy, nueve años más tarde, celebramos su despedida. Fue una suerte que falleciera de viejo y no fuese alguien de nuestra familia quien decapitase el cadáver. Cuando alguno moría de forma repentina, había que cortarles la cabeza de inmediato. Con lo que uno tuviese a mano. Todos, de manera invariable, se convertían al morir. El abuelo decía que era la maldición del dios de la locura, que casi extermina nuestra raza. Una maldición que cambió la naturaleza de lo posible, y que recién comenzamos a entender. Es por eso que vivimos en ciudades amuralladas.

Luego de quemar la cabeza y llevar el cuerpo a la compostera, mi hermano, madre y yo volvimos a casa y nos sentamos junto al fogón. Recordamos la vida del anciano. Reímos, lloramos, repasamos sus historias favoritas.

Hasta que llegó padre.

―Mañana te conviertes en adulto ―dijo, colocando una espada envainada sobre la mesa. Veremos si tienes pasta de explorador.

―Es muy joven todavía ―replicó madre, golpeando con el muñón izquierdo la mesa. Padre no quitó la vista de mis ojos.

Asentí con una sonrisa. Hacía mucho que esperaba este momento. Padre había mandado a forjar un mandoble con acero que venía recolectando desde hace tiempo. Lo había visto guardando trozos del precioso metal durante años, lo escondía en un baúl bajo las tablas del piso de nuestra cabaña. Nunca pregunté. Imaginaba que eran ahorros destinados a su vejez, para cuando ya no pudiese salir a explorar. O en caso de que muriese allá afuera, para que nosotros tuviésemos con qué sobrevivir. Cada familia posee una chacra y eso nos permitiría subsistir, pero comprar un pollo o pagarle a un dentista para que te saque una muela picada, son lujos difíciles de obtener.

―Mañana saldremos temprano, iremos en busca de una jauría que, al parecer ―agregó preocupado―, quiere establecerse en las montañas para pasar el invierno. Tendrás la oportunidad de ganarte un nombre y una reputación. Prepara tu equipo y trata de descansar ―dijo y miró la espada―. Es para ti.

Me levanté de la mesa y asentí. Padre posó su enorme y callosa mano sobre mi hombro y apretó. Tomé el arma y me dirigí al taller. Cuando tuve el macuto y el equipo listos, comencé a afilar las hachas de mano.

Padre pertenecía a un grupo pequeño de rastreadores, con su edad y experiencia ya no era conveniente exponerlo a los mordedores, se encargaba de rastrear fuentes de metal, vidrio, abono, aceite u otros artefactos valiosos. En aquella época del año el gremio enviaba al grueso de los exploradores al sur, en donde se encontraban las ruinas de las ciudades más grandes, en cuyas calles y edificios aún pululaban manadas de no muertos. En preparación para el invierno que se avecinaba, había que reunir una buena cantidad de recursos para que el asentamiento estuviese abastecido.

La nieve aún no caía sobre la Cordillera de la Costa, que precedía al macizo de los Andes, que muchos pensaban, nos habían protegido de los monstruos más terribles que ahora asolaban las tierras insanas.

Caminamos tres días antes de detenernos en el primer pukará, un cono hecho de piedras lajas que exploradores o rastreadores usaban como postas durante las incursiones. Estábamos cerca de la zona en que padre había detectado mierda de hombre lobo. Así que no permitió que encendiésemos fuego. Su mayor temor era que fuese una manada proveniente de la pampa trasandina, que pretendiese ocupar nuestro asentamiento como alacena durante la próxima temporada.

 Compartimos charqui de guanaco y tortillas de piñón. Tralkan y Aylén se durmieron como troncos después de comer. Padre guardó silencio, ambos afilamos las puntas de nuestras lanzas. No trajimos arcos, ya que las flechas eran inútiles contra los peludos, y a los mordedores tampoco los detienen. Pudimos escuchar los aullidos, no estaban lejos, parecían comunicarse entre sí, avanzar, moverse en el bosque y volver a aullar. La tranquilidad de padre me hacía sentir seguro. Mi armadura no era tan resistente como la suya o la de nuestros compañeros, pero debería bastar para esta ocasión.

―Son cinco ―murmuró padre―. Uno de ellos es un cachorro, le están enseñando a cazar. Espero que ganes tu piel en esta campeada ―dijo. Yo asentí.

El sol apenas dejaba ver sus dedos amarillos tras las montañas cuando comenzó la marcha. Las aves cantaban en intervalos regulares. Padre lideraba el grupo, avanzamos por un bosque de coigües y araucarias, los cuatro guardábamos sacro silencio, padre hacía gestos con las manos, indicando una rama quebrada, una huella en medio de las hojas caídas, pelo en la corteza de algún raulí, un hongo aplastado. Pronto escuchamos el sonido del río.

―Kalkurenu ―susurró Aylén.

Padre levantó el puño y con el índice extendido movió el antebrazo en círculos.

―Están en la caverna de los brujos ―dijo―. ¿Ves el pasto revuelto? ―Asentí―. Ayer cazaron un huemul, deben estar durmiendo. ―Apreté el asta de mi lanza, sentí un revoltijo en el estómago―. Aylén y Tralkan van a cruzar el río para asegurarse de que no haya ninguno haciendo guardia en la parte alta de la cascada ―continuó―. Tú y yo avanzaremos por el río y entraremos.

Hice el rostro a un lado y vomité. Padre me enderezó de una bofetada. Me limpié la boca con el dorso de la mano y caminé tras él.

El agua estaba fría, las piedras resbalosas. El sonido de la cascada se hacía cada vez más intenso. Apreté los dientes y puse la lanza en ristre. La cortina de agua reflejaba el verde y el marrón que nos rodeaba. Estábamos apenas a un par de metros de la entrada. El disco solar estaba sobre nuestras cabezas, faltaba poco para el mediodía. Sobre la caída de agua aparecieron nuestros compañeros. Le hicieron una seña a padre, quien asintió y me indicó que debíamos avanzar. No alcanzó a dar el primer paso cuando el agua frente a nosotros se oscureció. Padre levantó su venablo y apuntó a la garganta de la masa de pelo negra, cuyas fauces se abrieron al tiempo que rompía el flujo del río, mostrando una infinidad de colmillos amarillos y afilados.

Padre resbaló. Alcanzó a desviar al hombre lobo, pero no a matarlo. Intentaba ponerse de pie cuando un segundo monstruo se le vino encima. Mi estómago se endureció de pronto y hundí mi lanza en su pecho antes de que pudiese destrozar a padre, quien aún tenía las rodillas y un brazo en la corriente. El primer peludo se revolvió y lanzó un tarascón a padre. El que yo había atravesado aún manoteaba y el peso amenazaba con hacerme caer hacia atrás. Mi lanza había penetrado muy profundo y en aquel terreno traicionero no lograba balancear el peso para liberarla. Una tercera pica cayó desde lo alto y atravesó el cuello del primero, salvando la extremidad de padre, quien logró ponerse en pie y desenfundar el hacha y el sable, con los cuales decapitó al que yo tenía ensartado, permitiéndome girar la cintura y deshacerme del cadáver.

Las aguas se tiñeron de rojo.

No alcancé a levantar la sarisa. Dos bestias más se abalanzaron sobre nosotros, ambas al mismo tiempo. Di un paso hacia adelante y flecté las rodillas, mi hombro impactó el bajo vientre de la bestia y estiré las piernas para levantar las caderas del animal y obligarlo a caer de bruces. Giré y con las dos manos aferradas al asta de mi arma, me abalancé con todo el peso del cuerpo sobre mi atacante. La punta se hundió entre el cuello y el comienzo del esternón, tan profundo que cuando el cuerpo de la bestia rebotó y fue arrastrado por la corriente, se llevó consigo la lanza.

Cuando volteé, padre ya había desmembrado a su hombre lobo y con el sable lo destazaba. Los intestinos cayeron al río. La fetidez de la carne en descomposición me golpeó la nariz. Contuve una arcada y vi pasar el cuerpo del monstruo por mi lado. Padre no dejó de mirar al frente, hacia la cortina de agua que tapaba la entrada a la cueva. Empuñé el mandoble y lo puse en ristre antes de colocarme a su lado.

Estaba a punto de dar un paso hacia adelante, cuando padre me detuvo con la hoja curva y puntiaguda manchada de sangre. Por el rabillo del ojo vi que Tralkan avanzaba corriente abajo para recuperar el precioso acero de las puntas de los venablos perdidos. Cuando Aylén se puso a mi lado, lanza en mano, padre hizo un gesto.

Los tres cruzamos la cascada de un salto, entre las penumbras apenas se distinguían las formas de la roca volcánica. Escuchamos un quejido y un roer de huesos. Aroma a humedad y almizcle, hedor de bestia. Nuestra compañera se adelantó y tomó el centro, padre y yo le cubrimos los flancos. Caminamos sin hacer ruido. Hasta que lo vimos.

Tenía la envergadura de un perro, de pie tiene que haber sido como mi hermano de alto. Aylén no dudó en ejecutarlo. Padre encendió una antorcha corta, hecha de tela embadurnada en grasa de ñandú, que llevaba amarrada al macuto. La flama chisporroteó y un globo anaranjado se expandió desde la punta del palo. Teníamos quince minutos de luz. Aylén y padre movieron el cuerpo del cachorro, examinaron los huesos y el excremento. Cuando la mujer se llevó la yema de los dedos embarradas de caca a la nariz abrió grande los ojos. Padre pareció entender, porque dio media vuelta.

 ―¡Mordedores! ―gritó Tralkan desde afuera―. ¡Mordedores! ―insistió.

Padre y Aylén empuñaban sus armas y ya corrían fuera de la galería. No me quedó más remedio que seguirlos.

¿Mordedores? ¿Tan lejos de las ciudades? En los bosques no se juntan grupos grandes, pensé en ese momento, antes de cruzar la cortina de agua. No sabía cuán equivocado estaba.

Tralkan se debatía a dos lanzas. Daba patadas y giraba sobre una roca cubierta de musgo, con una agilidad sorprendente para un hombre tan bajo, ancho y musculoso. Los mordedores se le abalanzaban como un enjambre, uno tras otro, lanzándose al agua desde arriba, saliendo desde ambas riberas. El hedor era insoportable. Padre y Aylén no se dijeron una palabra. Ambos se precipitaron a la refriega como trombas humanas, cada uno por un lado. El hacha y el sable de padre subían y bajaban, dibujaban ochos y medias lunas en el aire, obliterando, descabezando, mancando, aplastando, desnucando. Los cadáveres andantes caían como moscas, los cuerpos pútridos se movían con torpeza, algunos apenas tenían carne sobre los huesos, pero aun así estiraban las enjutas falanges y los largos dientes en pos de la tibia carne humana que chapoteaba y los repelía despedazándolos en una danza desesperada.

Fui tras ellos y cubrí la retaguardia, padre me había entrenado en el uso de la espada larga, el filo era tal que sin esfuerzo cortaba piel, músculo y huesos.

―¡Es una estampida! ―gritó Tralkan, saltando de la piedra al río. Tropezó cuando cayó, pero Aylén lo levantó con un brazo, mientras mantenía el perímetro con la sarisa.

―Fuera del agua ―rugió padre―. Hay que salir de su camino ―agregó mirándome a mí.

Yo retrocedía dando tajos de lado a lado, tratando de que cada movimiento se convirtiese en una pierna menos o una cabeza en la corriente. Mi olfato ya se había acostumbrado a la podredumbre. La horda seguía avanzando, caían cadáveres desde lo alto de la colina y se volvían a levantar. Los muertos vivientes variaban en su estado de putrefacción; los había frescos, hinchados y rodeados de moscas, otros con la piel cubierta de llagas supurantes, otros resecos, algunos eran simple piel sobre esqueletos, completos o mutilados, con horribles heridas de las cuales colgaban pedazos de carne masticada o llena de gusanos y la sangre seca pegada a los jirones de ropa que alguna vez vistieron. Pude distinguir guerreros aónikenk, caballeros de La Plata que llevaban cotas de malla oxidadas, granjeros, niños, madres…

Nos pusimos espalda con espalda y formamos un círculo defensivo para atravesar el flujo de mordedores y alejarnos de la estampida. Cada vez que daba un paso hacia adelante, padre me hacía volver a la formación con la hoja curva, con un golpecito controlado o colocándola delante de mí un segundo antes de descargar una ráfaga de tajos que nos abría el camino.

Llegamos al vado y avanzamos hacia tierra firme, donde era más fácil luchar. Quedaban un par de metros para superar la ribera arenosa y entrar al bosque, donde podríamos esquivarlos y huir.

―¿Por qué no nos metimos a la cueva a esperar que pasen? ―pregunté en medio de jadeos y sudor. Mis brazos y hombros ardían por el ejercicio prolongado―. Nos van a rodear.

―Van hacia el asentamiento ―respondió padre, haciendo saltar los sesos de un mordedor con golpe certero de hacha.

En ese momento lo entendí. Padre me había explicado que las hordas no planificaban, solo seguían un instinto sanguinario, su hambre eterna e insaciable. Seguirían la quebrada, que daba un rodeo tras el monte Manke por el lado sur y desembocaba directo en nuestra ciudad, construida a ambos costados del río. Al paso que avanzaban, demorarían tres días en estrellarse con las murallas. El problema era que no había suficiente gente para defender las almenas. Si los sorprendían desprevenidos, por más que tuviésemos dos fosos, nuestras familias corrían el peligro de ser superadas y devoradas. Si lográbamos escapar del flujo de la estampida y cruzar la loma que teníamos en frente, podríamos bajar directo, a campo traviesa, por el lado norte del monte y llegar en dos días, dándole a los nuestros algo de tiempo para prepararse y guarecerse. Un plan que padre, Aylén y Tralkan habían trazado y decidido sin siquiera decirse una palabra.

En ese momento, Tralkan debió abrirse para proteger el flanco de padre, quien enfrentaba a los no muertos que venían bajando desde el oriente. Nos quedaban pocas horas de luz. Debíamos salir rápido si no queríamos estar en completa desventaja. Era de conocimiento común que los mordedores no se guiaban por la vista, los que aún poseían ojos los tenían cubiertos por una capa lechosa que comenzaba a criar larvas de moscas a las pocas semanas.

Poco a poco nos fueron rodeando, teníamos rumas de cadáveres a nuestros pies, sentía la camiseta empapada bajo el peto, trataba de que mis movimientos fuesen lo más precisos posibles, pero la torpeza que viene con el cansancio —la punzada en el hígado por la fatiga, los calambres— me hacía fallar las marcas. Padre a mi derecha o Aylén a mi izquierda terminaban finiquitando a los que se me escapaban, lo que abrió un poco más la retaguardia de nuestra formación, en donde la presión de los enemigos era menor. Hasta ese momento.

Un mordedor hundió los dientes en el cuello de Tralkan, otros tres lo agarraron de las piernas y lo llevaron al suelo de espaldas, el guerrero soltó las lanzas y trató de liberar el par de hachas que llevaba en la cintura, pero al menos diez cadáveres vivientes ya estaban sobre él, le sacaron el yelmo y volvieron a morder.

Aylén se lanzó sobre los putrefactos intentando salvarlo. El rostro desfigurado, dientes apretados, con nuevos bríos. Se deshizo de al menos tres en el primer embate, pero estaban arrastrando a su hombre, lo que la dejó aislada, luchando contra una masa de manos y fauces hambrientas que la aprisionaron, la redujeron y comenzaron a devorarla. Vi saltar la sangre, le sacaban los intestinos y los masticaban afanosos, se los peleaban entre ellos, gruñían y se empujaban.

Padre miró de reojo, pero no podía retroceder, yo cerré filas con él para evitar que nos pasara lo mismo. El festín que se estaban dando con nuestros compañeros distrajo a la horda. Padre me agarró del brazo y corrió hacia el bosque. Entre los árboles aparecía otro grupo de muertos vivientes atraídos por la carne fresca.

―Te abriré paso ―dijo sin que le temblase la voz―. Corre sin mirar atrás, sin detenerte hasta que llegues a casa ―ordenó, intentando controlar su agitada respiración―.  Dile a tu hermano que lo amo. A tu madre que tenía razón, que siempre la tiene ―concluyó y se lanzó hacia adelante.

En pocos segundos padre se vio rodeado, lo cual me abrió un pasaje entre la marea de cadáveres que no paraba de manar desde la cordillera.

Corrí hasta que mis pies y mis pulmones ardieron, no pude contener la necesidad de respirar por la boca, el sol cayó en el poniente y salieron las estrellas y seguí corriendo cerro arriba, no me detuve a mirar el paisaje que se abría ante mí, el valle, el mar reflejando la luz de la luna. Me precipité hacia abajo, tropecé y rodé y me volví a levantar, ignorando el dolor en el tobillo y en el hombro. No podía detenerme, no debía detenerme. Volví a entrar en una zona boscosa, apartaba, cortaba o doblaba las ramas de los arbustos con la espada, la oscuridad se fue haciendo más espesa y la pendiente de la loma me llevó como un espíritu cerro abajo.

Dolor.

Negrura.

Silencio.

Inconciencia.

El sol estaba alto en el cielo, la luz se colaba entre las ramas, que se movían al compás del viento suave que movía cadencioso un grupo de nubes cargadas de agua; distinguí el disco blanco, como un ojo ciego y maligno mirándome desde lo más profundo del cosmos. Miedo. Terror. Dolor. Me levanté de un salto. La cabeza me daba vueltas, el cuerpo punzaba, los músculos no querían reaccionar. Quise gritar. Recordé a padre y apreté los dientes. Guardé esas emociones y las llevé a mis extremidades. Volví a correr, sin detenerme, sin mirar atrás. Ignorando el hambre, la sed y la fatiga.

Desde el asentamiento se elevaban sendas columnas de humo. Una parte de la empalizada había cedido, las fosas estaban llenas de cadáveres que movían los brazos y mordían al aire, como si les dieran ánimos a sus compañeros, que pasaban sobre ellos como un aluvión de carne podrida. De locura antropófaga.

Caí de rodillas en mitad de la última loma que debía superar para llegar al valle, que se extendía ante mí con la cosecha a medio recoger.

Había fallado.

Con la vista aún nublada por las lágrimas, sintiendo el cuerpo molido, escuché un aleteo cruzar por sobre mi cabeza. Luego otro más. Por un momento las alas membranosas oscurecieron el cielo. Las cabezas, con alas en vez de orejas rieron al pasar, dirigiéndose hacia la gente que hasta ese momento había constituido mi mundo. A quienes padre y yo debíamos proteger. Personas a las cuales nunca pude entregarles el último mensaje de un hombre silencioso.

Martin Muñoz Kaiser – Escritor chileno, vive en Valparaíso.

Ha publicado hasta la fecha: “El Martillo de Pillan” 2012, “WBK” 2013, “Evento Z” 2014, “El Sátiro” 2015, “Kimera” 2016, “Epunamün” 2017, “Los Jinetes de Milodón” 2017, “Valparaíso Zombi” 2018, “Chile Zombi” 2018, “Cuentos con Bigotes” 2019, “La Mujer Escarlata” 2020, “Belerofonte” 2021 y “Lai Antü” 2022, “EL gallo con botas” 2023. Ha participado en diversas revistas y compilaciones de cuentos nacionales e internacionales, entre ellas: “Vicios”, “Quiero la cabeza de Sir Arthur Conan Doyle”, “El Foso”, “Quiero la cabeza de Bram Stoker”, “Poliedro Seis”, “Around the world in 80 stories” etc. Es antologador y/o editor de las colecciones de cuentos: “Cuentos chilenos Cyberpunk”, “Zombis chilenos”, “Matapiojos” y “Salvoconducto” entre otras. Es editor de más de 180 títulos, entre ellos “Conan, la edad de Hiboria”, primera traducción de chilena de los cuentos de Robert Howard, libro ganador de una mención honrosa a mejor traducción en los premios Ibby 2022. Sus textos han sido traducidos al italiano, inglés y alemán. El 2014 fue parte de la comisión de escritores chilenos en la FIL Guadalajara. El 2019 obtiene el 2do y el 3er lugar en el North Texas Book Festival Award con sus Novelas Epunamün y Los Jinetes de Milodón y con esta última el primer lugar en el International Latino Book Award en la categoría Best Cover Ilustration. El 2022 obtiene una mención honrosa por su cuento “Venganza” en el 1er concurso “Premio fomento literario Óscar Castro Zúñiga” organizado por la municipalidad de Rancagua, una mención honrosa en los premios ILBA 2022 por “Belerofonte” y por “Cuentos chilenos Cyberpunk” y un primer lugar en la categoría Mejor Diseño Interior por “El cadáver de la realidad”, del autor Carlos Reyes, en el mismo certamen. El 2022 funda Mantícora Ediciones, proyecto editorial que tiene como objetivo central no solo popularizar, sino también elevar la calidad y percepción del género fantástico escrito en Chile.