Un día de 1989 en el liceo

Para quienes tienen edades entre los 16 y los 17 años, la sensación del futuro por delante es potente. Hay espíritu de juego aún, pero a veces aquel es confundido con el desafío a las normas. 

Por Gonzalo Figueroa Cea

Es 1989, tiempo en que los adultos pueden fumar hasta en lugares cerrados, casi sin restricción. Está prohibido para estudiantes. Pero es audaz contravenir la norma sin dejar rastros: tiene sabor a victoria.  Y así está a punto de ocurrir en un liceo del barrio alto.

Es un cuarto para las 10 de la mañana de un día invernal, es recreo y un grupo de alumnos del tercero A está dentro de la sala de clases al lado de la puerta, que está abierta. Es el segundo piso de la infraestructura trasera del liceo. Ferenc, César, Gianluca y Eloísa quieren fumar.

-Chicos: ¿están seguros que debemos quedarnos acá? -consulta Eloísa.

-¡Sí, Elo!. Nadie nos va a cachar. Tranquila -responde César.

-Entiendo lo que la Elo quiere decirnos. Abajo, en la parte de atrás del patio, con tanta gente al medio no nos van a descubrir- advierte Gianluca.

-Pero coincido con César: estamos en un segundo piso y al final – detalla Ferenc.

-Aprovechemos entonces – enfatiza Eloísa. Saben que deben actuar rápido: el recreo dura 15 minutos. 

-¿Hay alguien que se acerque? – pregunta César desde adentro.

-No – puntualiza Gianluca, tras asomar rápidamente la cara afuera y volverla. 

-Tenemos tiempo- precisa Ferenc. 

-Lo único malo es que voy a quedar hedionda a cigarro. Me encanta este suéter – se queja Eloísa. 

-¿Y nosotros no vamos a quedar pasados? – responde César, risueño. El resto ríe.

-Pero, Elo ¿no vai a decir que nunca has fumado en el recreo? – añade Gianluca. Ríe el resto. Eloísa se muestra algo molesta. 

-No lo digo por eso. La profe de matemáticas es vivita y se va a dar cuenta – retruca Eloísa. César abraza a la muchacha, a fin de disminuirle la mueca de fastidio. Gianluca y Ferenc refrendan y a Elo se le quita la molestia. Vuelven las sonrisas.

Fuman. Ella manifiesta su admiración por César tras exhalar aquel artísticamente el humo del cigarro a través de su nariz.

-¿Y puedes hacerlo por los ojos? – pregunta la chica, sonriente. 

-No, pero puedo jugar básquetbol con un pucho en la mano. ¿Qué te parece? – responde el aludido. Ríen con medido relajo. 

Quedan cinco minutos y César ofrece otro cigarro. Aprovechan así las últimas caladas.

-Insisto, chicos: vamos a quedar hediondos- insiste nerviosa Elo.

-¿Y si te echas perfume? Debes tener o le pides a alguna de tus amigas – responde César. El resto ríe.

-Sí tengo, pero me preocupan ustedes. ¿O van a querer echarse perfume de mujer? 

-Pero más desagradable es el aroma de los que juegan a la pelota. Algunas niñas lo encuentran insoportable – subraya Ferenc. 

-Pero eso le da lo mismo a los profes- aclara Eloísa. 

-Traje un after shave. Hoy nos toca al final educación física – detalla Gianluca. 

-¡Anda a buscarlo, flaco!- ordena César. A su vez Eloísa va a buscar su perfume. El recreo terminará en un par de minutos.

Sienten el timbre de la respectiva finalización y tras echarse todos perfume en las partes donde el aroma a tabaco suele impregnarse más: cara, mangas y manos, por ejemplo, entran a la sala igual que el resto de los muchachos. Nada llama la atención. Solo falta que llegue la docente más temida del liceo, no solamente por ser de matemáticas sino por ser implacable a la hora de establecer castigos. 

La mujer charla con unas colegas a unos 30 metros de la sala. La conversación se prolonga y los cuatro jóvenes se «bañan» en perfume. 

-Mejor así porque en el peor de los casos creerá que algunos exageraron al echarse mucho perfume – reflexiona Eloísa. 

-Además estuvimos siempre en el segundo piso. Nadie se dio cuenta y ella no se dio cuenta – enfatiza César con seguridad. 

-Entremos – ordena Gianluca.

La profesora se aproxima a la sala. Todos los jóvenes esperan adentro sentados, ordenados y en silencio. 

-¡Buenos días! – saluda secamente la mujer. Con su habitual delantal blanco y los tacos de sus calzados que los hace notar, deja caer el libro de clase en el escritorio y se mira las largas uñas pintadas de rojo. 

-¡Buenos días, miss! – responden tímidamente los alumnos.

-¿Tuvieron clase de educación física a primera hora? – pregunta la maestra. 

-No – precisan titubeantes algunas voces. 

-Me llama la atención el aroma a perfume en exceso y tabaco – opina ella. Las caras de los alumnos son variadas: extrañados, algunos molestos y, cuatro de ellos, desencajados y nerviosos. Pero todos siguen en silencio. 

-Que algunos jueguen fútbol me da igual -complementa la docente con la frente arrugada y un mirar inquisidor. Tras segundos de silencio, con esa misma mirada recorre los rostros de Eloísa, César, Gianluca y Ferenc. Los aludidos se miran entre ellos, nerviosos y sin pronunciar palabra, pero como si las muecas dijeran «¿a qué se refiere, miss?».

-¿Qué me dicen, niños, de un par de colillas de cigarro que están justo debajo de la puerta? – detalla la maestra. 

Aunque los muchachos están a metros de distancia unos de otros, las miradas entre ellos se suceden sin pausa. «¿Cómo se dio cuenta que fuimos nosotros?», «la vieja tiene un ojo», «nos habrá visto desde el primer piso», «¿cómo fue que no nos dimos cuenta?», piensan. La tensión sube en el silencio.

-Pero, profe, agradezca que con el olor de la colonia no se nota tanto – responde César, lo que genera automáticamente carcajadas del resto del curso. «¡Esta fue la talla del año!», le susurra Rosamel a Ferenc, quien está sentado a su lado.

-Señores Dubovsky, Hormazábal y Mancilla, y señorita Alkorta: acompáñenme a Inspectoría inmediatamente- interviene seria la mujer. Los aludidos no tardan en pararse para cumplir la orden. El resto mira callado. 

-A la vuelta, les haré una prueba con seis ejercicios, llevará nota, valdrá el 50 por ciento del trimestre y les daré 15 minutos para hacerla. 

-¡Pero, profesora…! – trata Ballero de persuadir para que ella desista.

-Este es el precio de infringir la norma y de burlarse de mí – interrumpe la aludida.

¿A quién no le pasó alguna vez?.

Gonzalo Figueroa Cea – Periodista con 26 años de trayectoria en el Ministerio de Obras Públicas, donde ha ejercido en las áreas de prensa y comunicaciones internas. Ha colaborado para medios escritos y radiales, con especial énfasis en cultura, espectáculos y fútbol. Es responsable de los sitios Rocas Alucinantes y El rompecabezas del doctor Kimble, donde ha sacado a relucir su veta literaria. En 2022 fue reconocido por su trayectoria en el marco de 115⁰ aniversario del Círculo de Periodistas de Santiago.