Paternidad

Por Felipe Uribe Armijo  

   En una fiesta familiar hace poco, una tía me dijo acerca de mi madre: “Bueno, ahora te toca retribuirle todo lo que se sacrificó por ti”. Yo le dije que no estaba de acuerdo con ese pensamiento, que obviamente la voy a ayudar ahora que está vieja, pero no por eso, pues ella simplemente cumplió con su obligación de madre al criarme.  

   Me quedó dando vueltas la frase. Quizás porque un instante después de que la dije ya no me sentí tan convencido. ¿De verdad los numerosos desvelos de un padre o de una madre, el hecho de que abandone proyectos y de que gaste sus principales energías en procurar el bienestar de otro ser humano, todo eso, no tiene otra valía más que la del cumplimiento del deber? ¿Creo en eso yo, que ahora soy padre también? 

   Me gusta pensar que mi hija Fernanda, cuando sea adulta en unas décadas más, no me va a deber nada, que no estará en deuda, pero supongo que resulta fácil creerlo de antemano. Supongo, asimismo, que esta feble idea me vino cinematográficamente: en la película ¿Adivina quién viene a cenar esta noche? (cuyo argumento, aunque potentísimo, no viene a cuento), el padre le hace reproches al protagonista y le dice que le debe obediencia, o cuando menos consideración, por todo lo que trabajó para mantenerlo y educarlo. El protagonista entonces (encarnado por el formidable Sidney Poitiers) le responde: “Yo no pedí nacer, así que todo lo que hiciste por mí era tu obligación… Yo no te debo nada, ¡porque tú me trajiste al mundo!”.  

   Y, sin embargo, en Chile anualmente se presentan en los tribunales de familia siete mil demandas de paternidad, y de cuando en vez leemos noticias sobre madres que abandonaron a sus guaguas en el baño de un terminal u otro lugar no menos oprobioso.  

   El historiador Yuval Noah Harari dice en su Homo Deus que hasta principios del siglo XX el tercio de la población no llegaba a la edad adulta. Ser un padre que cuidara a su niño lo suficiente para que este lograra formar parte de los dos tercios que no se morían antes de los dieciocho años no era fácil. Hoy, en tiempos de vacunas, avanzadas cirugías e higiene generalizada, los problemas de la paternidad son otros. Los hijos nos quitan tiempo y espacio, dificultan nuestra vida sexual, minan nuestro presupuesto, nos obligan a ver en el cine películas infumables y nos sacan canas verdes (¿hay una expresión más paternal que esa?) dado que la nueva generación se siente con derecho a hacerlo y tenerlo todo y a que nadie afecte su extrema sensibilidad. ¿Entonces por qué diablos queremos ser padres? 

   Me acuerdo de que se lo pregunté a Belén, mi mujer, poco antes de que naciera Fernanda. Ella me respondió que ya era un poco tarde para ese cuestionamiento. No, no, dije, no es que esté arrepentido ni nada, yo ya amo a mi hija, lo que pregunto lo pregunto filosóficamente: ¿por qué alguien quiere ser padre, de dónde viene ese deseo?, ¿es solo instinto o hay algo más? 

   Mi esposa, demasiado preocupada de la hinchazón de sus pies, de la dolorosa experiencia que de seguro sería el parto y, sobre todo, de la maravilla de conocer al fin a su hija, no me hizo caso. 

   Fuimos padres porque quisimos, de cualquier modo. Lo quisimos, de hecho, con ansiedad y con miedo de no poder conseguirlo. Cuando joven tuve una enfermedad que me trataron con quimioterapia, y ahora existía la posibilidad de que esas drogas me hubieran dejado estéril. 

   La perspectiva de no poder tener hijos me angustiaba. Y mi mujer trataba con enternecedora torpeza de disimular su propia consternación, a fin de que yo no sintiera absurdamente que si nos quedábamos sin hijos era de alguna forma mi culpa. 

   Fui a un andrólogo (ni siquiera sabía hasta entonces que existía esa especialidad médica) para ver qué se podía hacer. En la consulta no había un médico, sino tres. Y uno era mujer.  

Me pidieron que me acostara en una camilla y que me bajara los pantalones y los calzoncillos. Qué remedio, me dije mientras me desabotonaba con nerviosa lentitud. 

   Los tres estuvieron no solo mirándome los genitales, sino también tocándolos. Aunque cuando digo genitales soy impreciso: mi pene no les importaba, únicamente sopesaban mis testículos. Qué grandes tus testículos, me dijo uno, eso es muy bueno para la fertilidad. Sí, dijo otro, mientras atenazaba una de mis gónadas con sus dedos, ¡qué buen coco tienes!  

   Me sentía extraño: la cultura siempre me ha hecho creer que mi virilidad reside en mi falo, pero ahora este se hallaba achunchado (léase empequeñecido) y eso no importaba; si era un hombre que podía ser padre se debía al inusitado volumen del resto de mis órganos sexuales, una virtud en la que yo hasta entonces, a mis treinta y tres años, nunca había reparado.  

   Después de ese examen, me ordenaron que me tomara un espermiograma. Es decir, tenía que ir a una clínica a masturbarme en un box y eyacular en un frasquito. No me agradó la idea. Un amigo que se había hecho el examen me había contado lo incómodo que fuera para él: mientras trataba de poner fin al asunto, escuchaba cómo en el box de al lado unas enfermeras hablaban sobre tópicos como el alza del precio de los limones y el tránsito lento de una de ellas. 

   Tenía que hacerme el examen el lunes de la semana siguiente; por fortuna, el sábado antes de eso mi mujer me contó que estaba embarazada. 

   Es extraño que uno quiera con desesperación ser padre. Aunque, si lo pensamos bien, tener un hijo lleva aparejado harto de satisfacción de un deseo egoísta. 

   Además de ser la aventura más tremenda y surreal que uno pueda vivir (juro que cuando vi en el quirófano esa cabeza asomándose a la vida me sentí en un cuadro de Magritte), un hijo aporta a la existencia de uno belleza, ternura y otras cosas más. Cuando voy por la calle con Fernanda de la mano, veo cómo la gente que la mira, sobre todo la más mayor, sonríe abruptamente: es como si de repente les insuflaran un montón de alegría o vitalidad. No sé por qué los adultos tendremos esa reacción con los niños, pero lo cierto es que los que somos padres podemos disfrutar de esa emoción mil veces al día.  

   Cuando tenemos un hijo, además, nos sentimos de alguna forma mejores (más heroicos) que los que no se han atrevido todavía a compartir nuestra condición. 

   Y, más encima, creemos que nos estamos eternizando un poco, venciendo, aunque sea pírricamente a la muerte. “Nuestros hijos son nuestra inmortalidad”, recuerdo que decía un personaje de la novela La última tentación, de Nikos Kazantszakis. Es un cliché que los padres quieren que sus hijos hagan lo que ellos no pudieron hacer, si bien me parece que lo molesto del lugar común reside en su veracidad. Mi papá, por ejemplo, quería a toda costa que yo fuera folclorista. Hasta me compró una guitarra. Lo más cerca que estuve de cumplir su sueño fue una vez que bailé cueca en un acto del colegio: lo hice como las reverendas y mis padres fueron de los pocos que me aplaudieron; supongo que los demás espectadores se daban cuenta de que yo estaba bailando obligado por el soborno de un siete al libro. 

   Queremos que los hijos sean versiones 2.0 de nosotros mismos, versiones mejoradas, sin nuestras frustraciones ni defectos. Y, a la vez, que nos amen devotamente. 

   Que sean Telémacos, capaces de ir a buscarnos a la China si nos perdemos por los caminos de la vida.  

   Queremos lograr que cuando viejos la “vuelta de mano” (que no te manden a un asilo, que te complementen una jubilación de hambre, que te vayan a visitar con los nietos y de verdad te escuchen) no se deba a un sentimiento de obligación filial o de culpa o de lástima, sino al amor lleno de admiración que sienten por nosotros. Y de esa forma, pensamos, habremos conseguido ser mejores padres que los nuestros. No obstante, puede haber otra razón, más recóndita y psicoanalizable. 

   Algo es indesmentible acerca de los hijos: como señalan varios psicólogos, los niños imitan a sus padres porque necesitan aprender a vivir y para ello ocupan sus modelos de conducta más cercanos, mientras que los adolescentes (casi todos) se distancian de sus progenitores, necesitan hacerlo, para encontrar su propia identidad. De ahí tantas peleas, tanta rebeldía sin causa: si alguna vez tus padres fueron tus referentes y tus héroes, ahora que tienes quince o dieciséis necesitas ser lo opuesto a ellos para llegar a constituirte verdaderamente en un individuo, dejando de ser un apéndice. Y nos es tan fácil rechazar a nuestros padres; echarles la culpa de todo, entronizarlos como déspotas de nuestra fallida formación. 

   A pesar de eso Marcel Proust, a través del narrador de su En busca del tiempo perdido, hace la siguiente reflexión: uno vive luchando para no parecerse a sus padres, hasta el momento en que estos mueren; cuando eso pasa, una resistencia se alivia y empezamos a asemejarnos a ellos ni siquiera de un modo nostálgico, sino más bien natural. 

   La idea de Proust, me parece, no solo conlleva belleza, sino también una nota triste.  

   La verdad a mí me cuesta trabajo empatizar mucho con mis padres, en especial con uno de ellos. Me cuesta compartir sus intereses y escuchar por largo rato sus opiniones; me es difícil, en suma, tenerle paciencia.   

   Quizás sí queremos la paternidad por una cuestión de egoísmo, y también porque deseamos mostrarle al mundo que somos mejores padres que los que nos tocaron, pero, si es cierto que nuestros hijos son la única forma que tenemos de repetirnos en este mundo, tal vez asimismo deseamos rectificar ante el universo aun nuestros defectos más inconfesables y que ellos sean mejores hijos de lo que nosotros lamentablemente hemos sido. 

Felipe Uribe Armijo nació en 1982. Es licenciado y magíster en Literatura además de profesor de Castellano. El 2009 fue distinguido por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con la Beca de Creación Literaria, por su libro de cuentos Meditación de un condenado. En 2018 publicó Yudochica, su primera novela. Ha publicado también en varias antologías y, junto a Martín Muñoz, el libro infantil Cuentos con bigotes. En 2012 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos del diario La Pulenta. En 2020 obtuvo una mención honorífica en el concurso “La cabra negra y sus mil relatos”, de México D.F. Su trabajo literario se centra en la ciencia ficción, el fantástico y las narraciones para niños.