Paseo Bulnes

Por Felipe Uribe Armijo  

Alcachofa, huevo, queso de cabra, tomate, cebolla y berenjena, todo eso tienen las empanadas que una pequeña amasandería en el Paseo Bulnes ofrece. Se diría que se trata de una mezcla indigesta o improbable, pero lo cierto es que el producto suele agotarse cada día mucho antes de que el local cierre.  

Yo suelo comerlas sentado en uno de los numerosos bancos de ese paseo peatonal, con la vista ornamentada por árboles despeinados por el viento, el vuelo de las palomas correteadas por los niños y, con suerte, alguna hermosa ciclista. El Paseo Bulnes corresponde en cierta forma al puntito blanco del yin que es Santiago; es algo así como una excepción para la regla del ajetreo masivo de la ciudad. Allí uno puede dedicarse a solo disfrutar de un cigarro, de una conversación con ritmo provinciano o de la observación ociosa del entorno, apenas a unos metros de la tumultuosa Alameda.  

Supongo que lo que posibilita este enclave de calma es la presencia de dos uniformes hileras de edificios (en que pululan sobre todo funcionarios públicos), especie de murallas grises pero benefactoras. Conocido inicialmente como Avenida Central, este corredor fue destinado al uso peatonal por el arquitecto Karl Brunner en una fecha para mí abstracta (1934), en el marco del diseño del Eje Cívico de Santiago. Mejor nombre imposible para el barrio. Acá la gente, tranquila como en pocos otros sectores del centro, sonríe, se corre para que pasen las señoras con coche y las bicicletas, da las gracias y pide las cosas por favor.    

Una esquina, Bulnes con Tarapacá, constituye para mí la crema del pastel. Hace unos años intentábamos concebir con mi esposa. Luego de un par de intentos fallidos, me llamó al celular mientras yo hacía unas clases en el centro una mañana de sábado, y me pidió que llegara pronto a casa, pues teníamos visita. Terminado el trabajo, caminé lo más velozmente que pude, tratando de imaginar cuál de nuestras tías había sido tan desubicada para aparecerse así de temprano por allá. En la esquina que menciono, paré en seco. Había comprendido la sorpresa que mi mujer me iba a dar. La imaginé mirando un test de embarazo, así como su cara de nerviosismo y felicidad. Lo que es yo, me tuve que sentar un rato en un banco del Paseo Bulnes. Necesitaba urdir en mi mente un colchón emocional para lo que se me venía. 

Ahora que mi hija ya tiene dos años, por supuesto ser padre me aterra menos. Salvo cuando pienso que ella más grande me hará preguntas, algunas difíciles, y entonces tendré que intentar explicarle cómo funciona el mundo. Porque citar a Shakespeare y decir que estamos hechos de la materia de los sueños funciona para brindar con los amigos en algún bar o para cortejar a una estudiante de Filosofía y Humanidades, pero a los niños les urgen las respuestas concretas.   

A veces en mis paseos por Bulnes llego hasta el final. Allí se puede ver la estatua de Pedro Aguirre Cerda. Creo recordar que fue un buen presidente, que puso a la educación como prioridad en su mandato (fracasó, dado los monigotes zafios que tenemos por autoridades, pero la intención es lo que cuenta) y que murió de tuberculosis antes de terminar su periodo. Lo más extraño de esa enfermedad, lo leí hace tiempo en alguna revista: antes la gente iba a sanatorios en la cordillera a intentar curarse (como los personajes de La montaña mágica), sin embargo, aunque muchos lo lograban, no se sanaban por la razón que ellos creían; todos tomaban aire puro, sentados en sillas playeras, para limpiar sus pulmones, pero mucho tiempo después se supo que lo que sucedía en realidad era que el bacilo que provoca la tisis moría a causa de la altura y su baja presión atmosférica.  

Y es que este mundo, en general tan plagiador de sí mismo (es decir, tan rutinario) a veces nos sorprende con ciertos desmadres. Cómo no recordar, por ejemplo, el caso del carabinero que hace años se salvó en un tiroteo gracias a que la bala que se dirigía a su corazón fue detenida por un lápiz alojado en el bolsillo de su camisa, y que poco tiempo después murió en el campo cuando un árbol cayó encima del auto en que viajaba junto a otras personas, todas las cuales resultaron ilesas. Otro evento irregular: leo en el libro Casualidades, coincidencias y serendipias de la historia, de autor español, que en la guerra de Crimea se encontró un par de balas (una rusa y otra de los adversarios franceses) que impactaron la una contra la otra; alguien ha calculado que, estadísticamente, la probabilidad de que esto suceda es de una entre mil millones.  

Una anécdota más (si bien menos balística), sacada del mismo volumen: el 2 de diciembre de 1979, la joven estadounidense Elvita Adams, que padecía una depresión, se arrojó al vacío desde la terraza del piso 86 del edificio Empire State de Nueva York. Sin embargo, una fuerte corriente de aire la llevó de vuelta al interior del edificio en el piso 85. La mujer no consiguió el suicidio, pero sí una luxación y la idea de que el mundo, pese a todo, no deja de ser un lugar interesante. 

En la esquina del Paseo Bulnes que antes mencioné (la intersección con Tarapacá) me pasó lo que, aparte del nacimiento de mi hija, ha sido sin duda lo más raro o surreal en mi vida. Iba caminando, a eso de las nueve de una noche de otoño, cuando desde el restaurante El ganso y la parrilla un hombre con pinta de oficinista salió y me interceptó para hablarme. Paré, pensando que iría a pedirme fuego. Me metió conversación, y así supe que se encontraba un poco bebido. Me preguntó cómo me llamaba y a qué me dedicaba, a todo lo cual respondí, al tiempo que me interrogaba en mi fuero interno adónde iría a parar el diálogo. De pronto sacó su billetera. Conjeturé que me mostraría la foto de un hijo con cáncer o algo así; que el sujeto solo necesitaba que alguien lo escuchara, como pasa con tanta gente en esta ciudad. 

Nada de eso. Mientras extraía algo de la billetera, me explicó que tenía una entrada para un recital que empezaba en media hora más en el teatro Caupolicán (o sea, a unas pocas cuadras) y que como él estaba pasándolo bien con sus amigos en el restaurante, quería regalármela. Recibí el papel pensando que a lo mejor la situación era una cámara indiscreta o una broma de mis amigos. Esos delirios fueron reforzados cuando vi el nombre del artista: se trataba nada menos que de mi cantante favorito, el que me ha gustado desde la adolescencia y a quien yo no iba a ir a ver esta vez porque el sueldo de un profesor restringe más que posibilita. 

Le di las gracias de un modo incrédulo y balbuciente, y después en el teatro, mientras coreaba a todo pulmón las tan sabidas canciones, me reía solo al recordar cómo había llegado allí y sintiendo otra vez (después de tanto) el asombro que experimentan a diario los niños.   

Quizás sí me atreveré a citar a Shakespeare, al fin y al cabo, cuando mi hija me pregunte de qué está hecho el mundo. Tratando de ser enfático y concluyente (de que en adelante busque sus propias respuestas), le diré: “Hay más cosas en la tierra y en el cielo que sueños en tu filosofía”. 

Felipe Uribe Armijo nació en 1982. Es licenciado y magíster en Literatura además de profesor de Castellano. El 2009 fue distinguido por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes con la Beca de Creación Literaria, por su libro de cuentos Meditación de un condenado. En 2018 publicó Yudochica, su primera novela. Ha publicado también en varias antologías y, junto a Martín Muñoz, el libro infantil Cuentos con bigotes. En 2012 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos del diario La Pulenta. En 2020 obtuvo una mención honorífica en el concurso “La cabra negra y sus mil relatos”, de México D.F. Su trabajo literario se centra en la ciencia ficción, el fantástico y las narraciones para niños.