Fred y Daphne

Por Gonzalo Figueroa Cea 

¿Qué habrá pensado al respecto el gran y recordado analista de la literatura y la cultura popular Umberto Eco? ¿Qué habrán pensado los millones de seguidores de “Misterio a la orden”, el quinteto juvenil que protagonizaba la serie de televisión y particularmente de Scooby-Doo? Lo cierto es que muchos, no sé si todos, suponen que Fred y Daphne tienen una relación de pareja. Lo suponen porque nunca los han visto darse un beso, menos andar tomados de la mano y tampoco sus amigos: Vilma, Shaggy y el propio can han aportado indicio alguno que lo confirme.  

 Para qué hablar de la firma Hanna-Barbera: ni los Picapiedras, ni los Supersónicos, ni Tom y Jerry, ni Tiro Loco McGraw, ni el oso Yogui y otras figuras animadas cuya popularidad fue impulsada gracias a la célebre compañía estadounidense, han querido pronunciarse al respecto…”Será cosa de ellos”, dicen. En fin. Pero suponemos que Fred y Daphne tienen un noviazgo, o algo parecido, porque son los más agraciados de la famosa pandilla de la tevé y porque… hay onda entre ellos. Aunque tampoco convence que éstas sean buenas razones. 

Lo cierto es que supe de una historia de mediados de 1970, cuando los muchachos y su tan querible mascota ya eran celebridades.  

Fred se hallaba en una tienda de artículos deportivos en Nueva York, cuando se encontró con un amigo suyo: Brian, productor de bandas de rock, que también es amigo de Daphne. Pero tras el efusivo saludo de rigor, el gancho de la conversación fue otro: viajar a la otra costa, específicamente a California, por un tema que les apasiona a ambos jóvenes: el gran movimiento, no solo de música de guitarras duras, sino cultural que ocurre en ese estado.   

– Algo me atrae, algo me dice que debo ir para allá. Y no es sólo el rock -enfatiza, con cara de soñador, Fred, mientras apoya la espalda en una pared callejera y mira los rascacielos. 

– A mí también. No desconozco que Woodstock fue maravilloso, pero lo que ocurre a cuatro mil kilómetros de aquí es increíble. Créeme, amigo: somos unos privilegiados en esta época -plantea Brian, quien viste de jeans y una chaqueta de cuero marrón que juega con su abundante pelo crespo y unos elegantes anteojos oscuros.   

– ¡Joder!, me imagino que no lo dices por Vietnam. 

– No seas idiota. Vietnam es un chiste muy malo. Pero peor es hablar de Nixon y de Charles Manson. ¡Por favor!, me refiero a juventud, sueños, ideales, un mundo mejor… 

– Playas y chicas hermosas – complementa Fred. 

– …Supongo que lo dices por Daphne – infiere Brian. 

– No creo que la pueda encontrar allá. Además, hace un año que no la veo -responde Fred con cara de pena, mientras mira cómo circulan y se detienen los taxis amarillos. La gente se baja y se sube muy apuradamente.  

– Querido Fred. Daphne está en la casa de verano de sus padres, en Malibú. 

– ¿Y cómo lo sabes? 

– ¡Uhm!… Un extravagante amigo, dueño de un exclusivo club turístico, la vio… Sé que conoce a la familia. No sé mucho más – detalla Brian. 

– Tienes… muy buenos contactos. Siempre me sorprendes, amigo.  

– Debo confesar, como buen productor musical, pero con modestia, que soy muy observador. Y al respecto siempre te lo dije, Vilma es, por lejos, la mujer más despierta que he conocido, pero Daphne… es claramente la mujer de tus sueños y de los sueños de muchos. 

Dicho esto, a Fred le brillaron los ojos y sonrió. Golpeó un puño con la otra mano abierta, pero mediante una serie de gestos un tanto descoordinados intenta disimular el golpe de efecto positivo que le produjo la última reflexión de Brian, como para que aquél no lo vea tan entusiasta. Se tocó su abundante cabellera lacia y rubia, se ajustó su extravagante pañuelo rojo, que reluce sobre su siempre bien cuidado sweater blanco, y sacó una cajetilla de cigarros, prendió uno con su encendedor, con particular agilidad, dio una primera calada y, recién allí, se acordó de ofrecerle uno a su amigo, quien amablemente aceptó. 

– No me engañes, amigo… Sé que entre tú y Daphne… 

– ¡Daphne y yo qué, viejo querido!… —Dicho esto grave por Fred, las expresiones faciales se congelaron por segundos eternos. Pero finalmente, el líder de la famosa pandilla rio para distender y, a su vez, decidió evitar seguir jugando a los misterios. Brian entendió de inmediato la señal. 

– Está bien, Fred. Está bien… Es julio, es pleno verano, yo tengo que ir a California para acompañar a algunas bandas con las que tengo que trabajar y, habrá tiempo para todo. 

– Lo pasaremos bien. Ojalá pueda ir a un concierto de los Doors. Es mi grupo favorito -subrayó Fred. 

– Bueno… mientras a Jim no le gusten las colorinas … – retruca Brian. 

– ¡Nooo!, Jim es un viejo de 26 y le gustan las desenfadadas de su edad. No creo que le gusten las pelirrojas adolescentes -responde un risueño Fred. Las carcajadas son tan espontáneas y sonoras que la gente se da vuelta a mirarlos.  

Finalmente, los amigos acuerdan viajar a la costa oeste y, en un par de horas después, ya estaban en el avión con destino a California. 

Todo excepto a ti 

No es que Juan Carlos Calderón, el compositor del éxito de Luis Miguel “Tengo todo excepto a ti” se haya inspirado particularmente en la aventura emprendida por Fred, ese verano boreal californiano de 1970 para encontrar a Daphne, pero lo cierto es que, si algo le faltaba en ese momento al mandamás del quinteto juvenil más famoso del planeta, era justamente estar con ella. Vuelvo a eso. 

Fred, en tan sólo un par de meses, no sólo ha disfrutado de las playas del extenso litoral del tercer territorio más grande de Estados Unidos, sino, conocido los encantos y la efervescencia nocturna de Los Ángeles, San Diego, San Francisco, Long Beach y Oakland, entre otras ciudades de esa vasta zona. Es más, con Brian, ya perdieron la cuenta de la cantidad de conciertos que han presenciado en el Fillmore West y otros escenarios míticos, donde disfrutaron de la música de conjuntos como los referidos Doors y Creedence Clearwater Revival.  

Por si fuera poco, han vivido momentos especialmente simpáticos, como las sucesivas peticiones de autógrafos de las mismas jovencitas que fueron a los recitales, no dirigidas precisamente a las bandas que representaba Brian u otras, sino al propio Fred. Además, John Fogerty, cantante e indiscutido líder de los Creedence, también le pidió un autógrafo a Fred con una singular confesión: “me gustaría tener un perro como el tuyo”. El rubio se limitó a contestarle que no sabía dónde estaba Scooby. 

– Estoy sorprendido… Ya se quisieran Elvis, Paul, John o Mick tu nivel de convocatoria -le dice Brian. 

– Descuida, debo estar entre Robert Redford y Paul Newman… No pido mucho -responde risueño Fred. 

Ha sido tan intensa y productiva la agenda que Brian le consigue el puesto de jefe de guardaespaldas de algunos de los grupos que produce. Fred acepta gustoso, porque se trata de una función muy bien pagada. El sello donde trabaja Brian, ha recibido jugosos porcentajes por las ventas millonarias de los discos de varios de sus representados. Pero Fred, puso una condición: ejercer su nuevo rol después de estar algunos días con Daphne. El sello y Brian aceptaron gustosos.  

A la mañana siguiente, tras el desayuno se despiden en el hotel de Los Ángeles donde pernoctaron. Brian se quedará por allí algunos días y Fred partió a Malibú.    

Juntos 

Daphne es notablemente más reservada que Fred en lo que concierne a su vida privada, pero aquello no es obstáculo para él en la tarea de encontrarla. Malibú es bello, pero no tan grande ni muy poblado. Una hora después de almorzar en un exótico lugar, consideró el momento preciso para dejarse caer en la residencia veraniega de los Blake. 

El encuentro es tan sorpresivo como jocoso. La casa no queda tan cerca de la playa, más bien está algo escondida al costado de un camino muy poco transitado, con abundante vegetación y una vista al mar espectacular. Fred deja cerca de la entrada el llamativo automóvil deportivo que consiguió para la ocasión -cedido para la circunstancia a módico precio-, se baja sigilosamente y se aproxima sin exhibir apuro a la residencia de la muchacha, vestido de chaqueta azul rey y llevando un buqué de rosas blancas. Daphne abre la puerta e, impresionada, pero sin decir palabra alguna, recibe a Fred. Ella está con bata de dormir pese a la hora.       

– ¡Noooo puedo creerlo!… ¿Cómo pudiste llegar hasta acá? -dice ella, un tanto avergonzada al principio, pero después sonriente. 

– Se cuenta el milagro, pero no el santo, querida -responde él, sonriente y relajado. 

-Pero… yo estoy con bata. 

– ¡Por favor!… Estás más hermosa que cualquier otra vez -respondió Fred, quien descubre el ramo, que escondía tras su espalda, para entregárselo a Daphne. 

– Que eres lindo. 

– …Supongo que puedo pasar -propuso Fred, quien levemente asomó la cabeza al interior de la vivienda, como queriendo saber si había alguien más. 

– Pasa…Papá y mamá no están. 

– Es una lástima que no los pueda saludar tan pronto -expresa Fred, tratando de bajarle el perfil al exagerado interés por la muchacha más allá de la amistad misma.  

– Poco antes que tú llegaras partieron adonde un tío, hermano de mi madre, que está algo moribundo y requiere de cuidado y de afecto. 

– Cuanto lo siento… ¿Y no pudiste ir? -pregunta el joven. 

– Tu sabes que me producen mucha pena este tipo de cosas. Me deprimen mucho.  

– ¡Ah!… Descuida. Te entiendo. 

– Además están fuera de Malibú. No creo que vuelvan muy temprano. 

Tras el ingreso al living de la tremenda casa, Daphne le ofreció a Fred un café, acompañado de un pedazo de torta que quedó del día anterior, cuando celebraron el cumpleaños del señor Blake, el padre de la muchacha. 

– ¿Sales a menudo? – pregunta Fred. 

– Lo suficiente. Tratan de que no me exponga demasiado, sobre todo el papá.  

– En todo caso, el argumento de que nadie puede llegar hasta acá tan fácilmente, pesa harto, de hecho, supe que no han venido muchos periodistas. 

– Casi nadie. De hecho, desde hace más de un año que no me entrevistan. 

– A mí tampoco -responde el flamante jefe de guardaespaldas de bandas de rock. Ambos se ríen sonoramente. 

Pasadas las cuatro de la tarde, tras una hora de conversación donde los jóvenes no dejaron lugar para los misterios, ella reveló que las contadas veces que sale de la casa se junta con un par de amigas, hijas de vecinos, y que sus padres todavía la ven como una niña, aunque la dejan divertirse hasta la medianoche, cuando su papá la va a buscar a algún entretenido lugar céntrico.  

– Hecho de menos el vértigo, Fred… -dicho esto dulcemente por Daphne, ella misma se acerca a darle un beso en la boca a su amigo, quien ya está entregado a la situación misma. Tras beber un par de inocentes vasos más de bebidas gaseosas, comienza la aventura amorosa en su sentido más poético y sin necesidad de desaprovechar recursos al respecto por más de dos horas. 

Cerca de las seis y media sienten múltiples ruidos. El primero fue un estruendo.  

– ¡Qué extraño! Los automóviles no pasan tan rápido por acá.  

– Y con mucho ruido. Eso fue como si quien manejara hiciera fórmula 1… Me recuerda a nuestra camioneta que nos robaron -dice él. 

– Tienes razón, hace un sonido parecido cuando acelera – complementa ella. 

Los jóvenes le restan importancia y prosiguen en lo suyo: Fred con la mirada hacia arriba y Daphne… mirando fijo a los ojos de Fred. La sinfonía corporal dura otra media hora. Un nuevo ruido los sobresalta. ¿Ratones en el techo? Daphne se inquieta, Fred se viste sólo para ir a ver. “Vuelvo enseguida. No te muevas”, le dice a la muchacha. “No tardes”, responde ella algo inquieta. Cinco minutos después regresa el futuro guardaespaldas de bandas de rock.  

– ¡Demonios! 

– ¿Viste algo? 

-Recorrí y corrí dos veces el perímetro. Hasta me subí a un árbol para ver arriba… ¡Nada!  

Ya el ritmo y la actitud de rato atrás se perdió. Ahora los mueve la inquietud. Pasan un par de minutos más de pocas palabras e incertidumbre y escuchan un ruido como proveniente del ático y próximo a la chimenea. “¿Serán ratones grandes?”, pregunta Daphne. Fred sólo ríe. Un segundo después agarra un fierro largo que encuentra en el living. “Lo ocupa papá para picar leña. No sé porque siempre lo deja allí. Debería estar en el garaje”, aporta la joven. Dicho aquello Fred va hacia la parte inferior de la chimenea y temerariamente introduce con fuerza el fierro al interior de la referida estructura de ladrillos.  

– Espero que estés muy seguro de lo que estás haciendo.  

-Tranquila. Atraparé pronto a esos roedores.  

Y dicho esto por el muchacho se produce un segundo estruendo, pero esta vez local y nada vinculado con motores de automóvil. Se llena de polvo aéreo la sala de estar y, apenas ve a Fred empolvado y en el suelo, Daphne corre hasta él para detectar su estado real. “Gracias, querida, pero estoy bien… Pero ¿qué diablos fue eso?”. Parte de la chimenea está destrozada. Ya más despejado de polvo el lugar, aparecen dos bultos grandes, indescifrables a primera vista producto de toda la tierra acumulada. Al ver que se mueven, Daphne lanza un grito de espanto, que automáticamente espanta a los bultos, que también gritan, y los descubre. ¡Son Scooby-Doo y Shaggy!  

– Pero, ¡muchachos!, ¡vaya forma de aterrizar! – reacciona Fred. Todos ríen desenfrenadamente.  

– Teníamos que verlos. Sabíamos que estaban aquí – explica Shaggy.  

– Son buenos sabuesos – opina, ya risueña y relajada, Daphne.  

– Pero existe algo que se llama puerta – asevera con ironía Fred.  

– Es que venimos escapando de Drácula.  

– ¿De quién?  

– Suponemos que es un magnate de esta ciudad, deseoso de adquirir propiedades a como dé lugar para instalar resorts. 

– ¿Re qué? -pregunta Daphne. 

– ¡Resorts!, algo así como una idea moderna de clubes turísticos -precisa el largirucho Shaggy.  

– Y no saben quién es- repara Fred.  

– Es que se disfraza. Andaba en una camioneta de color rojo…Me recuerda mucho a la que nos robaron. Amigos, tenemos que armar el grupo de nuevo – plantea abiertamente Shaggy.  

– Pero…si gustan los encamino a un aeropuerto para que estén seguros -enfatiza Fred, quien busca claramente desviar la atención, bajarle el perfil al problema de Shaggy y Scooby, y subrayar que él y Daphne tienen otros planes. Además, sospecha que simplemente fueron objeto de una vulgar persecución por parte de delincuentes comunes. Cree que ya habrá tiempo de saber algo más al respecto y que la situación no es peor que muchas otras que les tocó vivir a todos como pandilla. Daphne mira a los tres como si dudara de todo.  

– Fred. Drácula tiene secuestrada a Vilma – responde Shaggy.  

Dicho aquello Fred y Daphne quedan con la boca abierta. Esos segundos entre lo expresado por Shaggy y la primera reacción de uno u otra, sólo lo rellenan con un agudo, enérgico y armónico “¡qué!”. Ambos saben que el lapso de placidez llegó a su fin. Daphne quería mantener el anonimato en la residencia de verano de su familia y, Fred, algunos días de relajo previo a su nuevo rol de jefe de seguridad de bandas de rock. Pero el deber de salvar a una amiga es más fuerte y ellos lo saben. 

– Daphne. Ese automóvil que pasó rápido y cuyo estruendo de motor escuchamos… era claramente Drácula. Y debe ser una camioneta robada -deduce Fred, quien ya asumió que su tiempo no depende exclusivamente de él y que la pandilla volverá a ser un apoyo fundamental para cualquier policía estatal. 

– Y ustedes estuvieron harto rato tan incómodos allí… en el interior de la chimenea. ¡Pobrecitos!, deben estar muy adoloridos. Traeré mi botiquín de primeros auxilios -reflexiona Daphne, con cara de horror. 

– Descuida, Daphne querida, pero si bien estamos algo adoloridos ahora, lo que más sentimos es vacío en el estómago. ¿Tienes algo de comer para mí y Scooby? -manifiesta Shaggy. 

– Por supuesto, chicos. Tengo torta del cumpleaños de papá y… también algo para ti Scobby -detallado esto por la muchacha, los más recientes visitantes saltan de algarabía.  

– Bueno, chicos… Tenemos trabajo que hacer… Shaggy. ¿sabes algo más de Drácula y la organización que está detrás de todo esto?… ¡Drácula!, tan original su seudónimo -reflexiona e ironiza Fred. 

– ¡Uhm!… al margen de ser un magnate, sé que hay un tipo que tiene una flota de yates, otro que también es empresario inmobiliario y otro más…que es el auténtico líder, pero no sé lo que hace. 

– ¡Fantástico!… Ese es precisamente el hombre y no sabes lo que hace -responde Fred, nuevamente irónico- Pero… al menos sabrás dónde tienen su centro de operaciones y algún lugar que frecuenten. 

– Mira… No lo recuerdo con exactitud, pero…en honor a la verdad… no sé si nos sirva demasiado esto que te diré… 

– Dale… 

– … supe que el líder dedica parte de su tiempo a producir bandas de rock…, que tiene prestigio en eso…, que es de Nueva York… y que lo vieron varias veces muy recientemente con un joven rubio, con pinta de guardaespaldas, en conciertos del circuito californiano. 

– ¿Recuerdas más detalles? -vuelve a preguntar Fred, aunque esta vez con un interés y una expectativa bastante mayores que los mostrados minutos antes. 

– ¡Uhmm!… que es muy joven, como nosotros, y que las pocas veces que lo vi andaba siempre con una chaqueta de cuero marrón … que hace juego con su mata de pelo rizado… -suelta Shaggy antes de soltar una carcajada nerviosa.  

– ¿Recuerdas cómo se llama? 

– ¡Uhmm!… ¡Brian!, ¡Brian se llama! -revelado esto por Shaggy, Fred mira a los tres como si hiciera un paneo y muy seriamente… Luego carraspea un poco antes de animarse a hablar. 

– Amigos. Me van a acompañar ahora en automóvil a un lugar…que conozco. ¡Tienen que seguir mis instrucciones al pie de la letra! -propone el rubio, quien ya tiene asumido que el empleo de jefe de seguridad de bandas de rock no será posible. 

– ¿A dónde iremos? -pregunta Daphne, mientras Scooby ladra sonoramente. 

– ¿A quién veremos? -pregunta, a su vez, Shaggy. 

– … a un amigo -responde seria y fríamente Fred antes de dar vuelta la espalda para dirigirse a la puerta de salida con la mente puesta en un hotel de Los Ángeles. 

La cuenta regresiva se acabó. La pandilla juvenil más famosa de Estados Unidos ya volvió. Sólo falta rescatar a Vilma.        

Gonzalo Figueroa Cea – Periodista con 24 años de trayectoria en el Ministerio de Obras Públicas, donde ha ejercido en las áreas de prensa y comunicaciones internas. Ha colaborado para medios escritos y radiales, con especial énfasis en cultura, espectáculos y fútbol. Es responsable de los sitios Rocas Alucinantes y El rompecabezas del doctor Kimble, donde ha sacado a relucir su veta literaria. En 2022 fue reconocido por su trayectoria en el marco de 115⁰ aniversario del Círculo de Periodistas de Santiago.