El tesón de Beckenbauer o un improvisado cabestrillo como símbolo de entrega

Por Gonzalo Figueroa Cea

Hace algunos días nos dejó Franz Beckenbauer, astro del fútbol mundial, uno de sus más sobresalientes exponentes de todos los tiempos y también distinguido entrenador y dirigente del “deporte rey”.  Espontáneamente los homenajes hechos palabras al alemán, así como las naturales condolencias a su familia y entorno deportivo, inundaron el mundo del balompié. 

No me extenderé demasiado en lo que fue su carrera de principio a fin, como tampoco en lo referido a sus logros más relevantes. En el mismo sentido, a modo de resumen, vale considerar que en el pleno ejercicio de la profesión que lo llevó a la fama, fue la gran figura histórica del Bayern de Múnich y de su país, seleccionado y capitán, también tuvo pasos relevantes en sus últimos años de trayectoria como futbolista en el Cosmos de New York y en el Hamburgo, y por si fuera poco, gozó del privilegio de ser el director técnico de la Nationalmannschaft y un directivo de primera línea en la actividad. 

En la cancha misma, durante casi 20 años como profesional fue balón de oro, campeón nacional, continental e intercontinental con el club de su vida y, como añadidura no menos relevante asociada a la selección de su país, campeón de la Eurocopa el 72 y mundial en 1974.  Destacar en puestos indeseados para brillar, como volante de contención, defensa central o líbero. 

También obtuvo la copa del mundo en 1990 como entrenador (rol que ejerció desde 1984).  Como dato curioso y anexo: sólo algunos días antes de su deceso falleció otra leyenda: el brasileño Mario Zagallo, también monarca planetario del balompié adulto como jugador y técnico. 

No está de más señalar que ha figurado en cuanta encuesta especializada ha existido, dentro de la oncena ideal del mundo de todos los tiempos, incluso en 2020 como parte de algo así como el “equipo titular” de los balones de oro desde que se instauró el premio, en 1956.   

El cabestrillo 

Pero, al margen de esos logros notables, determiné referirme a un hecho puntual ocurrido en México 1970 y que igualmente lo enaltece. En una de las semifinales, jugada en el estadio Azteca el 17 de junio ante 100 personas, Beckenbauer fue protagonista del denominado “partido del siglo”, concepto instalado por aficionados y parte importante de la prensa especializada debido a los peculiares atributos del duelo, no siempre presentes en cualquier enfrentamiento: decisivo, intenso, rudo, emocionante e incierto (de hecho, en el mítico estadio de la capital mexicana hay una placa conmemorativa del acontecimiento y la misma denominación: “partido del siglo”). Allí Alemania enfrentó a Italia. 

En el tiempo reglamentario el pleito finalizó empatado a un gol. Justamente antes que terminara el trámite normal y aunque los videos disponibles en Internet no muestran la jugada, Beckenbauer sufrió las consecuencias de un fuerte encontrón (más que un foul ordinario): la dislocación en su hombro derecho. No hay detalles muy claros respecto del otro protagonista del choque, pero habría sido otro histórico: Giacinto Facchetti (Q.E.P.D.), capitán de la azzurra, hombre de 1,91 de estatura (el “káiser” medía diez centímetros menos) fuerte de físico y de gran velocidad, quien no obstante habría llegado tarde en ese balón dividido. 

Lo cierto es que el germano quedó en el suelo muy adolorido por algunos minutos, lapso en el que recibió la asistencia correspondiente y, como solución provisoria, le pusieron un improvisado cabestrillo de vendas. No hubo otra alternativa. Y en tales condiciones no debía seguir. La Nationalmannschaft jugaría con un hombre menos, dado que agotó la cantidad de cambios permitidos. 

Sin embargo, ocurrió lo que hubiese sido hoy, además de anti reglamentario, muy riesgoso y cuestionado por redes sociales: el “káiser” decidió continuar en el campo de juego. A luz del momento (y así lo siento yo) fue una determinación valiente. Los teutones jugaban una circunstancia decisiva: millones de personas imaginaron por esos días una final entre el deslumbrante Brasil de Pelé y la Alemania de Beckenbauer, quien ya había dejado de ser la promesa que fue en Inglaterra 66. En México 70 ya era un referente en su puesto y líder natural (aunque el capitán era Uwe Seeler) con el valor agregado de poseer mucha firmeza de carácter.  La misma que fue el cimiento de su temeraria decisión en un momento muy relevante. 

Él no quería que su equipo se viese afectado anímicamente. Así que con el brazo derecho vendado e inmovilizado, corrió, detuvo y quitó cada pelota que disputó, y en general hizo lo que pudo para contribuir a una victoria de su equipo. 

El partido fue realmente para candidatearse a un infarto (está disponible completamente al menos en dos sitios en Internet, uno de ellos el popular YouTube). Un partidazo: hasta el día de hoy no se recuerda un match importante con tiempo suplementario en que durante media hora se hayan concretado cinco goles (además un lapso en que los físicos flaquean y se recurre a otros atributos, usualmente no tan futbolísticos, como la clásica garra). 

No sabremos nunca si con Beckenbauer 100 por ciento bien, Alemania hubiese ganado y clasificado a la final (en un momento estuvo en ventaja de 2 a 1, pero terminó ganando Italia 4×3), pero si existe claridad en algo:  que, a pesar de la arriesgada decisión, su tesón y entrega quedaron demostrados, incluso para la admiración y el aplauso de los propios adversarios. 

Gonzalo Figueroa Cea – Periodista con 24 años de trayectoria en el Ministerio de Obras Públicas, donde ha ejercido en las áreas de prensa y comunicaciones internas. Ha colaborado para medios escritos y radiales, con especial énfasis en cultura, espectáculos y fútbol. Es responsable de los sitios Rocas Alucinantes y El rompecabezas del doctor Kimble, donde ha sacado a relucir su veta literaria. En 2022 fue reconocido por su trayectoria en el marco de 115⁰ aniversario del Círculo de Periodistas de Santiago.