El piso 21

Por Pablo J. Gasc

Hace algunos años, tuve la suerte de vivir en un departamento que estaba en un piso 21, en una de esas torres al lado del Claustro del 900, literalmente, el lugar más alto en el que he vivido. Cómo les explico la vista maravillosa que teníamos por la noche. La ciudad iluminada en plenitud, y uno podía disfrutar esa transición de noche activa, esa donde todo brilla, a la ciudad durmiente. Poco a poco se iban apagando los letreros de neón, las luces se iban desvaneciendo, y solo quedábamos en pie disfrutando esta postal los pocos desordenados afortunados. 

Una bonita vista hace tremenda diferencia. Por eso me gustan los lugares elevados, donde la visión es cautivante e inspiradora. Esta panorámica nos cambia la perspectiva de las cosas. A veces, cuando estamos en plano, no somos capaces de ver más allá. No comprendemos la extensión de las cosas. Creemos que entendemos algo, pero en verdad, estamos ciegos ante la inmensidad del universo y sus realidades. 

A todos nos ha pasado eso en un momento u otro. Creemos, con una seguridad casi absoluta, que lo que tenemos al frente es todo lo que hay, cuando en verdad, no es así. Con el tiempo uno va dejando esa arrogancia juvenil y aceptamos, desde nuestra pequeñez, que en verdad no sabemos nada y que, cada día, nos trae nuevas enseñanzas, nuevas experiencias, nuevas oportunidades, nuevos sueños. Al final, eso es lo importante, no dejar nunca de soñar y creer que más allá el mundo continúa. Puede sonar infantil, pero mientras los sueños están vivos, activos, presentes, es cuando en verdad estamos viviendo. 

Esto que les cuento sucedió hace como veintidós años, cuando regresé a esta ciudad de la neurosis, ya que de furia tiene pocazo, por un corto pero intenso lapso, una de mis tantas etapas. Como podrán imaginar, en ese intervalo pasó de todo. El desorden de los sentidos como escribiera Baudelaire, alterados, nublados, el caos y la anarquía, gozando en plenitud. Era más cabro. Vivir intensamente era lo importante, total, ¿qué le hace el agua al pescado? En ese entonces, pongan atención porque esto es importante, en medio de este desbarajuste vital que les mencionaba, y sin que nadie se diera cuenta, me incluyo en ese despiste absoluto, sucedió algo que no esperaba que pasara. Una semilla se sembró en mi cabeza, y un arbolito comenzó a crecer calladito, bien piola, sin que nadie lo regara, simplemente creció. Sus raíces se afianzaron en mi interior. Pero durante mucho tiempo, este árbol no dio fruto alguno. Crecía no más, y entre tanta maleza que uno va juntando en la cabeza, se fue alzando majestuoso.  

Todos estamos construidos de épocas, etapas, momentos, buenos y otros no tanto. Somos el resultado de todas las suelas gastadas, blue jeans desechados, velas consumidas, libros leídos, canciones escuchadas, uf, un cuanto hay interminable. Los lugares nos marcan. Las calles, pasajes, callejones. Los bares, las bancas, los parques. Los espacios comunes y los más solitarios. Somos lo que hemos vivido, y seremos lo que nos queda por vivir. 

Las amistades se van construyendo en el camino, nos vamos armando poco a poco, los unos a los otros. Nos vamos traspasando información, vamos mezclando historias, nos vamos uniendo en las remembranzas. Nos separamos y nos volvemos a encontrar. Vemos los cambios y los tratamos de entender, o a veces, no hacemos nada, nos desconectamos. Todos en el fondo somos lo mismo, construidos del mismo material. Desechables, biodegradables, combustibles. Somos material para historias, somos recuerdos. Al final, eso es lo más importante, ser recuerdos. 

El piso 21 fue un momento especial para muchos de los que pasamos por ahí. Se construyeron historias, se sembraron semillas en todas nuestras cabezas. No llegamos ahí por casualidad, no fue por azar, en ese momento era lo que tenía que ser, solo eso. ¿Para qué buscarle la quinta pata al gato? No es necesario. Sobra. Fue un momento entretenido, intenso, mágico. Fue lo que quisimos que fuera. Se rompieron muchos vasos, pero también se escribieron un montón de poemas.  

Este lugar elevado tuvo su momento de máximo esplendor, y eso duró como un año, no más que eso. Pero ese año fue intenso, los momentos quedaron tatuados en nuestras memorias, bueno, algunos más que otros, hubo instantes que dudo alguien pueda o quiera recordar.  

El ecléctico grupo que se juntaba era magnífico. Ingenieros seriotes y bien peinados, músicos, poetas, obreros e intelectuales. Gente de derecha y de izquierda. Pelos largos, cortos, con o sin gomina, de todo. El único requisito para ser admitido era ser amigo de un amigo. Al final, lo que de verdad importaba eran las ideas, primaba el respeto y la buena onda, y nunca, pero nunca hubo una pelea o algún borracho que tuviera que ser desalojado. En general, la cosa funcionaba como una máquina perfectamente aceitada, excepto el refrigerador, tenía un trastorno de personalidad, se creía microondas.  

Mientras todo pasaba, mi enamoramiento se dio en el balcón del mencionado departamento. Este metafórico árbol que creció en mi cabeza dio frutos. Deliciosos, dulces, jugosos. Un regalo inesperado. La vida nos juega esas pasadas entretenidas e insospechadas, y nos regala segundas oportunidades. No siempre estamos preparados para tomarlas, pero a veces, bajo especiales circunstancias, si lo estamos. “Pa´lante no más Jotita”, así me diría mi viejo, “dele no más con todo y sin miedos, mire que ya no estamos en edad de andar con pendejerías”.  

Bueno, en ese balcón, entre cigarros, piscolas, cervezas y los infaltables gin con tónica, se plantó esa semillita, ¿se acuerdan? No me di cuenta cómo sucedió. Pasó no más. Simplemente fue. Ella salía de su trabajo y se iba a compartir con nosotros en ese ambiente bohemio y desquiciado. Ella llegaba y ponía la nota de cordura, de sensatez. Su pelo crespo, tomado, sus hermosos ojos verdes achinados y su permanente sonrisa llenaban todos los espacios. Una efigie preciosa, sacada de alguna imagen renacentista pintada por uno de los grandes maestros. Una obra de arte, llena de gracia, sencillez y delicadeza.  

En ese balcón me enamoré, pero entonces, hace veintidós años, no pasó nada. Ella se me escapó. Un día simplemente desapareció. No supe más de su persona. No volvió a ir al departamento. Nunca supe qué pasó. Se la tragó el mar, y, sencillamente, nuestras vidas siguieron, cada uno por su lado. No nos volvimos a encontrar. Hasta ahora. 

Hace un año ya, la crespa de los ojos achinados y sonrisa hermosa regresó a mi vida. Nos volvimos a encontrar, y a pesar de los años, fue como si el tiempo nunca hubiese pasado. Ella es tremendamente divertida, parece desordenada pero no, es increíblemente ordenada, programada, estructurada. Rígida en muchos aspectos. Hermética. Muy distinta a mí, sin embargo, y a pesar de todas las posibles diferencias, a su lado puedo ser yo, me siento bien, me siento completo. La cuido y ella me cuida. Nos regaloneamos mutuamente. Todo fluye. Es como si hubiésemos estado juntos desde siempre. Si bien es cierto, ella arrancó de mi lado, tengo muy claro que fue lo correcto, ese no era el momento para nosotros. Pero regresó, y eso es lo que en verdad importa. 

Ella, la chiquilla del pelo crespo, ojos verdes y sonrisa alegre que plantó su semilla en mi cabeza, me conoce bien. Está al tanto de mi pasado, mis historias, me vio en primera fila cuando andaba como loco por la vida, y aun así regresó a mi presente, llenándolo de sueños de futuro. No sé cómo explicar lo que siento, solo sé que estoy feliz.