Después de una bomba atómica

Por Gonzalo Figueroa Cea 

Fue durísimo. Evidentemente 60 y tantos años de edad no es lo mismo que 30 y tantos. Indy lo sabe. En el otoño de 1957 los aparentemente ingenuos castores del desierto de Nevada son testigos de las muecas de esfuerzo del héroe, por fortuna recompensado con vida aún.

El arqueólogo, veterano de guerra empapelado de medallas, eterno profesor de su especialidad, coleccionista de rarezas dignas de museo y aventurero todo terreno, ya no es el mismo que se enfrentó con éxito a los nazis en plenos desiertos medio orientales en 1936 ó 1938, o a una secta en la India, en 1935. Han pasado 20 años o más de aquellas vivencias, lapso en el que también logró defender la integridad de valiosos objetos antiguos ante la amenaza de adversarios con motivaciones muy aviesas.

Muy al margen de la nostalgia, Jones logra sobrevivir a un par de explosiones en el área 51 y en un pueblito de maqueta en el oeste desértico estadounidense. Los militares rusos, espías allí y  encabezados por la científica y coronela ucraniana Irina Spalko, lo tenían secuestrado porque su inteligencia y eventual manejo de información relevante podían ser claves para encontrar el reino de la calavera de cristal, supuestamente localizable en Sudamérica. Un reino con riquezas y, lo más intrigante todavía, un poder inimaginable. Pero Jones nunca ha tenido esa información relevante.

Y por la misma razón no reveló mucho más acerca de aquello que fue obligado a ver y cuyo trasfondo teórico y práctico él supuestamente debía conocer más que los forasteros: restos mutilados de un extraterrestre que sobrevivió algunas horas tras estrellarse la nave que llevaba a bordo a la respectiva tripulación en el desierto de Nuevo México, en 1947…Han pasado diez años y el profesor no entregó más detalles que aquellos que siempre supo al respecto y que no representan precisamente una epifanía. ¿Para qué especular?

Además había que escapar de esa inmensa bodega del área 51. No fue fácil en absoluto lograrlo, como tampoco lo fue burlar horas después lo que pudo haber sido la muerte más horrenda. De hecho la salvada fue tan espectacular como milagrosa.

Ya bastante lejos del gigantesco hongo de humo espeso, cuya detonación lo lanzó algunos kilómetros al este a bordo de un peculiar, aunque circunstancialmente seguro, medio de transporte: un refrigerador, Indy logra salir ileso, aunque bastante magullado, del casi hermético objeto. La acción de esa bomba atómica, espeluznante eco de lo que ocurrió en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki doce años antes, es justamente la antítesis de una puesta de sol placentera. La pequeña ciudadela de maqueta y sus maniquíes quedaron hechos añicos. Seguramente los científicos y militares involucrados le dirán después al presidente Eisenhower que la prueba fue un éxito…Para ellos y él.

Indy camina hacia el Este. En la pedregosa extensión, escasamente vegetada, por lo menos tiene el consuelo de no tener testigos que involucren alguna amenaza. Está absolutamente desierto. Los pensamientos, en voz alta y mentales, se suceden unos a otros, paralelos a la sed, al hambre y a cierta resignada ansiedad: como que sabe que poco o nada puede pasar favorablemente en las próximas horas. Pero también tiene la corazonada de que las probabilidades de peligro son escasas, como escasas también son las probabilidades de encontrar algún poblado de verdad. “Los agentes federales no son simpáticos. Pero hay que tomarlos como amigos”, dice con la mirada algo perdida aunque con el temple de siempre.

Cae la noche y una hermosa luna llena la ilumina. Jones ya ha caminado varios kilómetros al este del desierto con la esperanza de encontrar alguna presencia humana amigable, ojalá motorizada, que lo ayude a regresar a casa con vida. Recordemos que él es un creyente forzado: fue hace casi 20 años que la fe en Dios lo ayudó para rescatar el Santo Grial, salvar a su padre y, de paso, a la humanidad. Lastimosamente no posee objetos mágicos para volver instantáneamente a la civilización ni algún artefacto moderno que pudiese operarlo como satélite para facilitar su ubicación a quien fuere. 

En una montaña no tan elevada, con algunos arbustos lo suficientemente abundantes para disminuir el ímpetu del ultra frío viento, el héroe lograr dar con una cueva. No hay moradores humanos y, por fortuna, tampoco animales tan exóticos como peligrosos, ni bichos muy notorios. “Ojalá no aparezca una serpiente”, reflexiona. Y se produce algo que, en las circunstancias ya  descritas, pareciera otro milagro: en el interior, tras hacer una fogata improvisada en el medio mediante un pequeño fósforo y unas cuantas ramas con hojas secas, Indy descubre una pequeña cascada de agua dulce. “¡Benditos demonios!, justo había agarrado mi cantimplora y estaba seca. Tengo mucha suerte”, exclama. Se instala en un rincón, usa su bolso y el vaciado receptáculo para agua como almohada, algunas ramas de arbustos como frazada y su sombrero para proteger la cabeza del frío y atenuar la luz del fuego ante los ojos, a fin de dormir adecuadamente boca arriba.

Horas decisivas

Despierto tras una cuatro horas de descanso neto, sale de la cueva, llega a lo alto de la montaña, descubre la carretera más próxima y, por un sendero muy despejado, logra llegar hasta allí, tras caminar rápido unos tres kilómetros. La pendiente, algo escarpada pero lo suficientemente inclinada para desplazarse de pie y sin peligro, contribuyó para llegar con prontitud al pavimento. Camina media hora en dirección al norte. Es temprano: el sol no está golpeando tan fuerte todavía. Ninguno de los dos automóviles particulares que pasaron, con 15 minutos de diferencia entre uno y otro, se detuvo, a pesar de las señas. Pero un tercero sí lo hace.

Dos hombres, con oscuras vestimentas y sombrero muy formales, se bajan del vehículo y abordan al héroe. La actitud parece amigable, nada intimidante. Indy, aunque bastante descansado, sigue todavía muy shockeado por todo lo que le tocó vivir solamente en un par de días.

-¡Buenos días, profesor Jones!

-¡Señores! – responde un sorprendido Indy con una reverencia.

-Tenga la bondad de subir a nuestro coche -expresa con el gesto respectivo uno de los aludidos.

Una vez a bordo del vehículo e identificados los hombres y sus propósitos, Jones en un arranque de ansiedad poco común en él, pide que lo lleven inmediatamente de vuelta a su casa y que tiene cosas muy importantes que decirles. Sin embargo, se origina una conversación muy peculiar.

-Antes le haremos unas preguntas de rutina.

-Pero ¿tardaremos mucho en llegar?

-Un par de horas, profesor -responde Howard, quien maneja.

-Pero en ese lapso les puedo explicar todo lo que me pasó y lo que vi.

-Ya sabemos lo elemental, Henry -añade Marvin.

-Entonces ¿saben que fui secuestrado por agentes rusos? -infiere Indy.

-¿Secuestrado? -retruca extrañado Howard.

-Pero…

-¿Qué estaba haciendo primero en la frontera con México? -pregunta Marvin con el ceño fruncido.

-¡Ah!, entiendo. ¡Ese hijo de puta de Mac! ¿Qué les contó a ustedes? -replica enfadado Jones desde el medio del asiento trasero y mirando enfadado el camino por delante mientras sus dos interlocutores observan hacia la misma dirección.

-Entendemos que el señor George McHale es un ciudadano británico y amigo suyo. Usted nos puede hablar más sobre él …y los rusos -responde Howard.

-Creo que en dos horas tenemos tiempo suficiente para que lo explique todo -enfatiza Indy, muy serio y enfatizando las cejas.

-¡No será necesario, profesor Jones! -subraya con seguridad Marvin.

-En la base hay una sala especialmente equipada para eso -complementa Howard.

-¿Estoy detenido?, ¿me quieren dejar sin libertad? -replica un ya muy alterado Indiana.

-Tranquilo, Henry -responde sereno Marvin.

-Sólo está acusado de actividades antiamericanas. Tendrá derecho a responder sobre eso -agrega Howard.

“Esto no puede estar pasando”, reflexiona. Está colorado, como si estuviera a punto de explotar o salirse de sí. De un momento a otro, casi instantáneamente y al más puro estilo del doctor Richard Kimble en la película “El Fugitivo”, le agarra el volante a Howard y realiza un brusco y temerario giro a la izquierda con el vehículo a más de 100 kilómetros por hora en una calzada bidireccional de unos siete metros de ancho. “¡Qué está haciendo!”, grita Marvin. Justo alcanza a esquivar al automóvil, desde la pista contraria, un camión con (según una advertencia) material peligroso. El coche se incrusta en un sector rocoso, donde afortunadamente, pese al constante desprendimiento de piedras, no logran caer muchas de éstas gracias a la existencia de una malla protectora.

Los tres sujetos, no corpulentos pero con el físico óptimo para soportar un accidente con ese nivel de violencia, se sobreponen a algunos segundos de inconsciencia. Indy abre la puerta derecha del vehículo y logra escapar. Corre. Marvin, el más joven de los otros dos hombres -de unos treinta años- se alcanza a percatar y lo persigue. El natural cordón montañoso aledaño al camino no tiene la perfección artificial de la arquitectura neoyorquina o la de Chicago, pero es lo suficientemente imponente y con los recovecos igualmente necesarios para algún eventual escondite.  

Howard, concentrado nuevamente en el volante, se da cuenta que el automóvil está en perfecto estado pese al tremendo pencazo y logra retroceder hasta instalarlo nuevamente en la pista correspondiente. Luego se baja del vehículo, logra divisar a Marvin persiguiendo al veterano arqueólogo y, proyectando estratégicamente la forma de ayudar a atraparlo, se va por el sector contrario de la montaña.

Durante media hora se genera una persecución de película en medio de pendientes, roqueríos y uno que otro matorral perfectos para despistar. Caídas, rápidas levantadas, callejones sin salida e improvisaciones sobre la marcha también son parte de la frenética y alocada secuencia. Howard y Marvin, armados y varios metros distanciados de su objetivo durante mucho rato, incluso amenazan al propio Indy con frases perentorias y básicas del tono:  “¡Deténgase, Jones, sino disparo!”.

Sin embargo, el héroe de siempre logra zafarse de los blancos y evita que los mismos persecutores gasten innecesariamente cartuchos de balas. Los mismos, bastante más jóvenes que Jones, se sorprenden con la resistencia del circunstancial fugitivo. “Este viejo nos ha pintado la cara de vergüenza. ¡Nunca se da por vencido!”, se queja en voz alta Marvin. Sin embargo, la fatiga ya le pasa en algo la cuenta al profesor y, aprovechando una vacilación suya, Howard logra meterse sin que Jones se de cuenta en un montículo posterior al sendero en el que se detuvo Henry junior y grita a éste a sus espaldas. “¡Arriba las manos, Jones! Ya no tiene escapatoria”.

El héroe levanta los brazos resignado. Sabe que el accidente y la casi breve huida, aunque no tuvo heridos, no se lo perdonarán. Marvin, Howard e Indiana caminan hacia el coche, distante a un kilómetro. Tardan algunos minutos en llegar, lapso en el que se produce un áspero diálogo.  

-¡No haga las cosas más difíciles, Henry! -le espeta Howard a Jones, mientras juega con unas esposas en la mano derecha. La otra sostiene una pistola.

-Además no querrá usted que lo acusen de cuasi delito de homicidio -complementa Marvin.

-¿Bromean? ¿Qué se ha imaginado?, Sobreviví a una batalla campal y a una explosión nuclear. ¿Qué más quieren como prueba?…Además, soy un americano ejemplar.

-¡No presuma de sus condecoraciones, coronel! -responde, ahora gravemente, Marvin.

-Además, en el interrogatorio que le haremos tendrá de aliado a un gran amigo suyo -añade Howard.

-¿Quién? ¿Ese hijo de puta de Mac? -pregunta, con risa irónica, Indy.

-No…Se trata del general Ross -revela Marvin.

Pensar que es sólo el comienzo de la aventura…

 

*Fantasía de homenaje a la cuarta película de la saga del famoso arqueólogo, interpretado por Harrison Ford: Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), dirigida por Steven Spielberg, con guión adaptado de David Koepp (historia desarrollada por George Lucas y Jeff Nathanson) y las actuaciones de un renombrado elenco.

Gonzalo Figueroa Cea – Periodista con 24 años de trayectoria en el Ministerio de Obras Públicas, donde ha ejercido en las áreas de prensa y comunicaciones internas. Ha colaborado para medios escritos y radiales, con especial énfasis en cultura, espectáculos y fútbol. Es responsable de los sitios Rocas Alucinantes y El rompecabezas del doctor Kimble, donde ha sacado a relucir su veta literaria. En 2022 fue reconocido por su trayectoria en el marco de 115⁰ aniversario del Círculo de Periodistas de Santiago.