Citla, el guardián de la montaña

Por Jorge Díaz Valenzuela 

La historia comienza cuando, después de haber pisado suelo azteca, me dirigí hacia la casa de un gran amigo mexicano, montañista, dueño de sabidurías ancestrales y de un gran corazón. La familia del pájaro, el sobrenombre con que se le conocía a Juan, mi amigo, es la típica familia que, de un par de choclos, unas cuantas papas y unos cuantos morrones arman una comida para el mundo entero. “Coma y coma harto que, amigos chilenos no tenemos todos los días” decía la mama del pájaro. 

Conocí a Juan en una de las tantas ceremonias de Temazcal, o como es llamado en algunas partes del mundo, la famosa casa de sudor, ceremonia indígena que nace hace muchos siglos atrás en los valles de los indios Lakotas. Pero no nos distraigamos, la historia que les vengo a relatar se encuentra dentro de las más bonitas que tengo en mi vida, y precisamente no habla de la vida del pájaro, y tampoco de la mía, les vengo a contar la historia del guardián del Citlaltépetl. 

Para poder contextualizar un poco, quisiera comenzar por contarles esta historia desde el comienzo. Fue en el año 2013 cuando decidí volver a México, para poder visitar a algunos viejos amigos y también, para poder hacer un poco de montaña, ya que la primera vez que fui a aquel bello país, quedé maravillado con la espectacular y majestuosa vista del volcán Citlaltépetl, en la ciudad de puebla.  

Mi amigo el pájaro, me había comentado que el sube constantemente el volcán, y que lo conoce súper bien, aun así, el respeto hacia la montaña es lo primero que el pájaro tiene en mente, y me lo hace saber.  

La montaña y yo 

Desde muy pequeño tuve un amor un poco diferente al de los demás, por ejemplo, mis compañeros gustaban de deportes tradicionales, a mí me gustaba la montaña, siempre quise descubrir que era lo que había en las grandes cumbres, en los grandes cerros. Un día, y observando el gran cerro el Plomo desde la ventana de mi hogar, pensaba, ¿qué habrá ahí? ¿por qué me llama? La montaña solía, a través del viento, pronunciar mi nombre y convidarme a subirla. Un día simplemente llene mi mochila, y me fui al gran encuentro con ella, sin saber que, aquel día, marcaria un antes y un después en mi vida, fue el día que decidí que la montaña sería parte fundamental en mi vida.   

Nunca olvidare un día que a las 4 de la mañana me senté en la mesa de mi casa a comer un plato de pastas para llenarme de carbohidratos, y así poder esperar un amigo que pasaría por mí para poder ir a subir una de las montañas más difíciles del valle de Santiago, el cerro Pintor, entonces, ya sentado en la mesa, se levanta mi mamá y me dice:  

       – ¿Tan temprano y ya comiendo? 
       – Es que voy a ir a subir una montaña, y necesito energía – le respondí. 
    – ¿En serio? Pero es invierno, y la cordillera esta nevada, ¿nunca he entendido que te motiva a subir cerros? 
       – Ni yo lo sé mama, solo sé que ellas están ahí, y parte de mi felicidad se encuentra en esas altas cumbres. 

Probablemente nunca olvidaré esa conversación con mi madre, quizás era la primera vez que alguien me preguntaba algo que, para mí, en ese momento, era súper potente, y que lo sigue siendo. Nunca había reparado por qué mi amor a la montaña, porque para mí sinceramente siempre fue un amor a primera vista entre ambos. 

El majestuoso Citlaltépetl 

Siempre en toda mi vida, he creído que hay momento, eventos y ocasiones, que una persona a esperado tanto para que se concreten, que incluso se llega a pensar que nunca serán realidad. Momentos que marcan tu vida y te hacen, en cierta forma, esas cicatrices en el alma que difícilmente se pueden sacar, simplemente aprendes a vivir con el recuerdo. Pero a veces, esos sueños se hacen realidad, y el año 2013 conseguí cumplir uno de mis sueños, alentado por mi amigo Juan el pájaro, para ir a México y escalar la montaña más alta, el volcán activo que los antiguos aztecas adoraron, y bautizaron en su lengua (Náhuatl) Citlaltépetl, que significa, el monte de las estrellas. 

Con sus 5.630 metros de altura, el maravilloso volcán activo parece erguirse y, así con su sombrero blanco, vigilar toda la tierra azteca. 

En Chile tenemos cerros mucho más elevados, pero el nivel técnico del volcán Citlaltépetl es increíble, y siempre me ha llamado la atención poder subir los cerros más altos de cada país, y como no, estando en México, no podía dejar de subir este.  

Mi amigo el pájaro es un experimentado montañista, solo que, sin licencias, pero para poder subir el volcán, necesitamos ir acompañados de un guía certificado y como no, el pájaro tenía amigos y conocidos de sobra para poder cumplir con aquella misión.  

La mágica leyenda que se cuenta sobre el volcán dice que hace mucho tiempo, en la época de la civilización olmeca, existía una guerrera que, en lengua antigua la llamaban Nahuani, quien llevaba siempre a su lado a su gran amiga y también consejera Ahuilizapan, también llamaba Orizaba (de ahí que nace el nombre del parque nacional Orizaba, donde está el macizo. Ella era una hermosa y mágica águila pescadora. Cuentan que, en una de las grandes batallas antiguas, Nahuani fue derrotada y murió, ante lo cual su amiga Orizaba subió a los aires, a lo más alto del cielo, y se dejó caer a la tierra, se suicidó, transformándose en un gran volcán que estuvo durmiendo por mucho tiempo, hasta que la memoria de Orizaba revivió la muerte de su amiga y explotó de rabia, generando una innumerable serie de erupciones. No se sabe bien desde cuándo, pero las culturas antiguas adoran este volcán para mantener el alma de Orizaba tranquila y calmada. 

Sabíamos y estábamos muy consientes, de que el lugar que visitaríamos, aparte de ser uno de los lugares más increíbles de México, era un lugar sagrado y de mucho misticismo, ante lo cual las ansias y las ganas de poder verlo de cerca subían y subían cada vez más.  

  • ¿Todo bien wei? -preguntó el Pájaro-. Mañana nos juntaremos con un amigo para ya alistar todas las cosas para salir este fin de semana al Orizaba. 
  • Ok, mi hermano -respondí-, ningún problema. 
  • Vamos a hacer un temazcalsito para poder botar energías y pedir buenas vibras mi cuate. 
  • Que así sea mi hermano, ¡aho! 

Ambos estábamos ansiosos, yo de pisar el suelo del volcán, y el pájaro de poder encontrarse con el majestuoso Citlaltépetl otra vez. Nunca voy a olvidar como esa noche, se juntaron las abuelas rocas, y se calentaron por dos horas hasta ponerse blancas, era el inicio del temazcal que iba a ser guiado en esa ocasión por el padre del pájaro, Don Manuel, un tremendo personaje, que nos preparó la ceremonia para que el fin de semana los espíritus nos acompañaran y nos guiaran en nuestra travesía que sería de tres días. Fue una noche majestuosa. 

El sol comenzaba a salir, y en la casa de mi amigo la familia se preparaba para el desayuno, un café bien cargado, mucha fruta, y el infaltable taco, pero dulce, una delicia. Estábamos listos para salir al centro de la ciudad, donde nos juntaríamos con el “Rape”, el amigo montañista del Pájaro. Nos fuimos a sentar en un café, y esperamos. Pasaron algunos minutos y apareció un hombre de barba grande, jeans, bototos, y unos lentes de sol con cuero en los laterales, para tapar la entrada del sol hacia el ojo, claramente era el “Rape”, el estilo montañista lo distinguías a kilómetros.  

  • ¿Cómo está mi cuate? Le dijo el Rape al Pájaro.  
  • Todo bien wei -responde el Pájaro-, con mi amigo chileno aquí. 
  • ¡Chileno! ¡Woooo! Chi, Chi, Chi, le, le, le -nuestro famoso grito sonó fuerte, el Rape lo conocía súper bien.  

En fin, comenzó nuestra reunión, y se decidió solamente confiar en la experiencia del Rape, que nos dijo que lo mejor era subir el volcán en 3 días para ir aclimatándose a la altura y así poder disfrutar más la belleza del paisaje. 

Decidimos salir el viernes bien temprano para llegar a la base del volcán, y poder quedarnos en uno de campamentos que tiene el lugar y de ahí, a eso a las cero horas empezar a ascender hacia el pico del volcán, y atacar la cumbre más o menos a las 9 o 10 de la mañana, del segundo día, si las condiciones del tiempo lo permitían.  

Mientras escuchaba con mi café en mano, pensaba dentro de mí, que lo que se venía iba a ser realmente duro. Nunca había atacado una cumbre de noche. 

El gran día 

Llegó el viernes, la noche anterior no pude dormir por los nervios, arreglando mi mochila, preparando las últimas cosas, alistando las cuerdas, los mosquetones, el saco de dormir, las botellas de aguas, en fin, todo lo que necesitaba y que ya estaba acostumbrado a llevar a otras expediciones aquí en Chile. 

A las 6 am, el Rape llegó en su camioneta 4 x 4 a buscarnos, había llegado la hora para salir a la expedición, sin antes recibir la bendición de los padres del Pájaro, que con una hermosa oración nos despidieron y nos desearon la mejor de las suertes. Nos subimos a la camioneta, el rock psicodélico de Pink Floyd nos estaba esperando, y con un gran saludo, nos fuimos en pos de nuestra aventura.  

Luego de más o menos cuatro horas de viaje, llegamos a Puebla, y tomamos en dirección al Parque Nacional Orizaba. A cada kilómetro que avanzábamos, el macizo se volvía más y más imponente, como de alguna forma, enfrentándonos y desafiándonos.  

  • ¡Llegamos wei! Gritó el Rape. 

Estacionamos la camioneta, bajamos todo, preparamos un café, comimos las primeras barras energéticas y empezamos nuestra marcha hacia el primer campamento base, que está a 4200 metros de altura y que recibe el nombre de Piedra Grande, ahí nos quedaríamos, para descansar, almorzar y en la noche, salir en dirección hacia el glaciar Jamapa, pasando por el famoso lugar llamado “el laberinto”, ya desde ahí nos quedaría lo menos para alcanzar el pico del Orizaba. 

Todo listo, mochilas al hombro, partimos caminando nuestro primer trecho, de más o menos unas dos horas de caminada, la idea era llegar a eso de las 2 de la tarde, para refugiarnos, y preparar el almuerzo y dejar lista la cena, que serían nuestros últimos alimentos, antes de las 00:00 am, que era la hora decidida para empezar a caminar el segundo trecho. 

A las 14 horas con 15 minutos, llegamos al lugar. Seguirle el paso del Rape, que sin lugar a dudas tiene desde la primera hasta la última célula del cuerpo ambientadas a la montaña, era otro desafío. Armamos el campamento, el refugio estaba lleno, así que armamos carpas afuera, para poder cocinar y poder descansar hasta la noche. El frio era intenso, mucho viento, sin lugar a dudas lo que se nos venía era fuerte. Mirar la cumbre desde el refugio era poderoso, se sentía una energía brutal 

 

A eso de las 00:00 ya estábamos con las mochilas de ataque en el hombro, linternas frontales, piolets en la mano, los crampones en la parte lateral de la mochila para poder atacar el glaciar, había grupos que habían salido una hora antes que nosotros. Nos juntamos, nos abrazamos, pedimos permiso a los espíritus de la montaña y comenzamos nuestro ascenso.  

 

El encuentro con el guardián del Orizaba 

Continuando con nuestra ascensión, ya en dirección y perfilando hacia el laberinto, comenzamos a escuchar gritos muy fuertes pidiendo ayuda, nuestros corazones comenzaron a latir a un ritmo inusitado. Fuimos corriendo hacia donde las personas. Un par de metros más arriba y ya casi cerca de los cinco mil metros de altura, una persona de la expedición que iba antes que nosotros, conoció de cerca lo que era el mal de altura. Desmayado y sin reacción alguna, pero con latidos y pulsaciones, nos propusimos abrigarlo, haciendo una especie de camilla artesanal con nuestras ropas de reservas, las que juntamos entre todos. Rape sacó de su mochila el tanque de oxígeno por que se percató que la persona estaba reaccionando, así que era hora de pensar y planear que hacíamos. 

  • ¿Dónde está su guía?, preguntó Rape. 
  • Andamos solos, somos tres –nos dijeron-, y una camioneta nos trajo por unos cuantos pesos. Nos dejó en el campamento y regresará mañana a buscarnos.  

Sabíamos que estábamos en serios problemas, porque si la persona no bajaba y recibía tratamiento médico, la posibilidad de muerte era altísima. Entonces, decidimos hacer una camilla, y llevarlo de vuelta al campamento base, para subirlo a la camioneta de Rape y llevarlo al hospital de Puebla. 

  • Jorge – me dijo Rape-, por favor, toma la cuerda y amárrala al extremo de las ropas, y a la cuenta de tres, levantamos y vamos caminando de vuelta. 

Pájaro iba a cargo del oxígeno, y las otras personas iban apoyando en el transporte del accidentado. Sabíamos que teníamos más o menos dos horas y media para llegar al campamento, el regreso se venía pesado. Fue en ese momento, que ocurrió la magia de la montaña, de la nada, apareció un perro, si un perro, que nos comenzó a ladrar, y nos guió en el descenso, era un perro hermoso, Rape, al verlo, se puso muy contento. 

Pasada más o menos una hora de caminata hacia la camioneta, después de varios descansos, teníamos las manos y los brazos destruidos. En eso, divisamos las luces frontales de los demás grupos, y nos ayudaron a trasportarlo hacia el campamento base, fue el mejor regalo que la montaña nos dio. Pero al llegar abajo, uno de los guías del otro grupo nos comentó que, de no ser por Citla, el perro, ellos no habrían llegado tan rápido a ayudarnos, porque Citla bajó al campamento, y ladrándoles, les advirtió de que algo no andaba bien. El amigo de cuatro patas se convirtió realmente en nuestro gran héroe. Pero me gustaría hablarles un poco del Citla, nombre de nuestro amigo canino. 

No se conoce mucho de nuestro amiguito, la historia cuenta que hace un par de años un albañil que subió la montaña, más específicamente en la Sierra Negra para trabajar en la construcción de un gran telescopio milimétrico, llevó al perro para que le hiciera compañía. Pero resulta que el perro, cuando veía a los montañistas, subir hacia el pico del volcán, los seguía tanto de ida y de vuelta ganándose el cariño de todos los guías. No se sabe cuál era el nombre que le daba el albañil, pero el perro nunca más bajo de la montaña, y al final lo bautizaron Citla. El can acompañó muchas travesías de montañistas hacia la cumbre, asistió rescates y ayudo a una familia a encontrar el sendero de vuelta cuando una gran nube cubrió todo el lugar dejándolos completamente aislados.  

La misión de llegar a la cumbre se vio frustrada por este incidente, algo que pasa muchas veces en montañas altas, y es aquí donde se ve el maravilloso compañerismo del montañerismo. Somos todos iguales frente a ella, y entre nosotros nos ayudamos. 

Con sentimiento de pena, porque yo no tenía más tiempo para volver otro día a subir el volcán, me despedí del Citlaltépetl, pero muy orgulloso de que pudimos salvarle la vida a una persona. No hubiese podido dormir tranquilo sabiendo que el montañista podría haber muerto sin haber hecho algo.  

Puede ser que esta historia no sea el relato de una hazaña impresionante, ya que no logramos lo que queríamos, pero la posibilidad de conocer al maravilloso Citla, el guardián del pico del Orizaba, ya me dejó con algo especial e increíble en la memoria. 

Citla, estas palabras son para ti, ojalá que tu alma se haya reencarnado en algún espíritu de montaña, que nos pueda acompañar y cuidar cada vez que lo necesitemos, en nuestro rumbo hacia las cumbres. Cumpliste tu trabajo de la forma más honrosa, y siempre te tendré en mi mente, en mi corazón, en mi alma, y en mi mochila.  

Hasta siempre viejo camarada. 

Jorge Díaz Valenzuela – Titulado en Ecoturismo. Es guía de turismo de intereses especiales, amante del rock, nómade y patiperro declarado. Siempre aficionado a los viajes, y amante de la carretera. 

Comenzó a tomar diversos cursos en varios lados, motivado por la idea de entregar conocimiento sobre nuestro entorno natural, y principalmente, para conocer más de nuestra historia ancestral, cultural y arqueológica.  

Se ha desempeñado como guía en San Pedro de Atacama, Cusco, Rio de Janeiro y actualmente en la Patagonia chilena. 

Jorge está dedicado 100% al turismo, y comparte sus conocimientos, con mucho amor y pasión.  

Instagram:  @jorge.diazv / @turismo_southtur